martes, octubre 17, 2017


lunes, octubre 16, 2017

gchc

Cuando se hacen cosas interesantes hay que celebrarlas.
Desde hace un tiempo pedía en este blog el rescate de un poemario del que siempre creí que mereció una mayor difusión.
Adictivo para quienes lo descubren
Lectura caleta para los conocedores que no quieren compartir con nadie la poesía descubierta.
En fin, hay de todo.
Lo cierto es que pedía el rescate de Idiota del Apocalipsis Guillermo Chirinos Cúneo, publicado en 1967. Y ello, por fin ha ocurrido gracias al grupo poético Sub 25.
Pero seamos justos, porque este pequeño poemario fue parte de una joyita libresca. Me explico, en 2006 se publicó Los otros, en cuyo primer volumen se rescató cuatro poemarios olvidados: Peces de betún (1969) de Mercedes Delgado, Walpúrgicas (1917) de Luis Berninsone, Los puentes (1955) de Augusto Lunel e IDA de GCHC.
Esta publicación fue responsabilidad y generosidad de El lamparero alucinado, sello de Carlos Carnero, Gonzalo Portals y Rubén Quiroz.
Responsabilidad, porque la edición es impecable, una muestra tajante de que se puede ser pulcro y exhibir buen gusto en cuanto a la modestia del material de la publicación. Y generosidad, porque el libro fue no venal. Si no me equivoco, lo recogí en la extinta librería La casa verde.
IDA es un librito al que volvía, y en verdad no sé por qué no lo he frecuentado en los últimos dos años. Sobre su autor he escuchado muchas anécdotas y no sé si creerlas todas, pero de lo escuchado y leído, me quedo con lo que Rodolfo Hinostroza dijo de GCHC en Pararrayos de Dios, su más que recomendable libro de crónicas sobre los poetas del 60.
Cada generación de artistas tiene su GCHC, o sus variantes, pero para ser como él, la locura no basta, menos la payasada de fin de semana; la leyenda tiene que sustentarse en la obra, en la impresión del lector enfrentado a lo distinto, y eso es lo que proyecta este poeta: textos marcados por la locura, el sueño atormentado, la lujuria y la rabia verbal. 
Sabía que era difícil editar IDA, pero eso ya no importa. Saludemos entonces las gestiones realizadas.

narradores peruanos

En nuestras librerías aún puede encontrarse, si es que tienes paciencia para buscar, un libro que es todo un documento vivo, que ha sabido sobrevivir a los letales embates del tiempo: Primer encuentro de narradores peruanos. Es un libro que no fue pensando como libro, pero su destino fue ese, convertirse en testimonio para las nuevas generaciones de lectores de narrativa peruana. En sus páginas transitan las plumas más importantes de nuestra tradición narrativa, las que todavía proyectan resonancia y admiración.
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Corría el año 1965 cuando La casa de la Cultura de Arequipa, cuyo director era el crítico literario Antonio Cornejo Polar, organizó el Primer Encuentro de Narradores Peruanos. Visto a la distancia, en la frialdad del ánimo y ajeno a las impresiones primerizas, se trató de un hecho histórico, era la primera vez que se reunían escritores de distintas vertientes narrativas para discutir y exhibir posiciones literarias y también políticas. Además, las voces convocadas se encontraban en el mejor momento de su ejercicio narrativo, un par de ellas ya consagradas y la mayoría en franca proyección.
A esta galaxia narrativa se unieron los críticos literarios más respetados y temidos, críticos que, más allá de si estamos de acuerdo o no con sus postulados, eran dueños de una personalidad y opiniones propias, del mismo modo de una prosa y una mirada premunidas de ingenio y riesgo. Por ello, y antes de seguir, no puedo no mostrarme animado por el nivel expuesto, más cuando el presente de nuestro reseñismo, salvo dos excepciones, se ha convertido en un tráfico de favores, y lo peor de su situación: en homúnculo promocional de las editoriales, no importa si estas sean grandes o independientes. El crítico de ayer no manejaba las herramientas de información del crítico/reseñista/gacetillero actual, este sabía camuflar con estilo la amistad y el líquido del sentimiento menor, pero ante todo leía y hurgaba en la tradición, es decir, especulaba bajo conocimiento de causa.
El éxito de este encuentro se debió a la participación de los críticos, que exigieron a los narradores invitados, y somos testigos de ello en las Mesas de debate: El novelista y la realidad; Sentido y valor de las técnicas narrativas; y Evaluación del proceso de la novela peruana. En estos cruces de opinión son evidentes los cortocircuitos y confluencias entre dos tipos de cartografías, la cartesiana del crítico y la intuitiva del narrador. Más allá de la direccionalidad del debate, se impone la pasión de pensar el Perú en ambos bandos; y la revelación en aquel entonces, tanto en críticos y creadores más jóvenes: las nuevas técnicas narrativas, cuyos gurús van en este orden de jerarquía: William Faulkner, Ernest Hemingway y James Joyce. 
Seguramente, más de uno se pregunte por la preeminencia del autor de Luz de agosto, y en esta relectura quien escribe también tuvo esa inquietud. Al respecto, una somera mirada al contexto nos permitirá tener mayores luces sobre esta preferencia. Recordemos que la narrativa de Faulkner, sea a cuenta de su sureña geografía imaginada/creada o la sequedad de su lirismo narrativo, resultó propicia para el narrador peruano a la búsqueda de técnicas en pos de la adecuación de la realidad inmediata que pretendía poner en escena.
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Resulta muy iluminadora la primera sección del libro: Testimonio y Lectura. Una vez inaugurado el Encuentro, los narradores invitados tenían que leer un texto en el que explicarán o dieran luces sobre su ejercicio narrativo, sin embargo, tengamos en cuenta lo siguiente: se les pidió textos en los que también contaran, sin tapujo, el delicado proceso de su conversión en narradores, o sea, había que exponer la vergüenza de la historia personal. Pecaríamos de mezquinos si no reconocemos el esfuerzo realizado, cada uno de ellos dio lo mejor de sí, y supongo que los asistentes al evento, como los lectores de hoy, pueden darse por bien servidos.
En lo personal, llamó mi atención el testimonio de Oswaldo Reynoso, que no solo brinda nociones sobre su inicio narrativo, también pauta su compromiso con la realidad urbana, pero ante todo pone en relieve su visión y postura políticas en ¿favor? de un país distinto. Es necesario hacer este señalamiento, porque recordemos lo polémico que fue Reynoso en sus últimos años cada vez que se le preguntaba por los años de terror que vivió Perú entre 1980 y 1992. En su participación, Reynoso opta por la violencia como medio para “rescatar” a este país del abuso histórico en el que se hallaba. Podemos sintonizar o no, pero no le voy a negar coherencia (lo dicho en 1965 también lo decía en 2016). Felizmente, su narrativa, la de entonces y la escrita posterior a este Encuentro, no se vio infectada por su ideología.
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La presente publicación es la segunda edición, de 1986 por Latinoamericana Editores. La primera, de 1969, suponemos inubicable. Este dato nos hace pensar en que pese a los años jodidos que vivía el país, había editores que apostaban por mantener la memoria narrativa peruana por su solo valor cultural, sin depender de su impacto comercial. El reencuentro con esta publicación, que uno leyó en su momento como si fuera curiosidad, adquiere otra resonancia a la fecha. Se colige pues que este libro es un documento imprescindible para entender en justa mirada el proceso de la narrativa peruana de los últimos cincuenta años.
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Consignemos también el testimonio de Mario Vargas Llosa, que no estuvo presente en el Encuentro, pero sí dos semanas antes, cuando en la Universidad de San Agustín ofreciera una charla sobre su quehacer literario. Ante ello, celebremos el criterio editorial de incluir su ponencia como Apéndice. No hay mucho pensar que al respecto: Cornejo Polar sabía lo que había organizado, era el primer enterado del carácter histórico del evento.
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Busquen papel y lápiz, o abran un documento Word en sus móviles, aquí las plumas convocadas: Ciro Alegría, José María Arguedas, O. Reynoso, Sebastián Salazar Bondy, Arturo D. Hernández, Óscar Silva, Francisco Izquierdo Ríos, Porfirio Meneses, Eleodoro Vargas Vicuña y Carlos Eduardo Zavaleta.
Los críticos: Alberto Escobar, Tomás Escajadillo, Jorge Cornejo Polar, Pedro Luis González, Aníbal Portocarrero, José Miguel Oviedo, Enrique Ballón Aguirre y Winston Orrillo.
Organizadores: Hernando Quintanilla Paulet, Inspector de Cultura; A. Cornejo Polar, Director de la Casa de la Cultura; y Raúl Bueno, Secretario.



En SB

sábado, octubre 14, 2017


viernes, octubre 13, 2017

arguedas íntimo

Quien escribe no tiene duda alguna de que José María Arguedas es uno de los autores peruanos a quien, y de quien, más se lee. Al menos, eso es lo que prefiero creer a cuenta de la demanda que tienen sus libros. En mi caso, me gusta Arguedas, y mucho, pero también me interesa leer todo lo referido a su vida y obra.
Al respecto, tenía conocimiento de una publicación que por cosas extrañas de la vida, me estaba siendo esquiva. Pues bien, esa situación cambió porque semanas atrás compré Días de sol y silencio. Arguedas: el tiempo final (Universidad Garcilaso de la Vega, 2011) de Alfredo Pita.
Libro breve, pero iluminador. En él, el autor de El cazador ausente ofrece un acercamiento a los últimos años que compartió con Arguedas, pero no en su condición de escritor en ciernes rendido en admiración por Arguedas, sino como alguien cercano a su persona y familia, es decir, Pita despliega una impresión íntima del autor, ofreciéndonos mediante el asombro moderado su rutina vital, que como tal tira por los suelos la leyenda de intelectual en permanente tristeza.
Pita se vale de un lenguaje conciso y diáfano. Es precisamente en esta deliberada falta de adorno de la prosa que la narración logra concretar su objetivo: hacernos partícipes de los últimos años del autor, un autor que quiso a su esposa Sybila Arredondo y a los hijos de esta, los mismos que también lo quisieron; del mismo modo sus amistades que veían por su salud emocional. En otras palabras, un Arguedas del día a día, entregado a su pasión mayor: pensar el Perú.
Cuando Pita comienza a frecuentar a Arguedas, este ya era un autor reconocido. En este sentido, el testimonio de Pita resulta iluminador para entender la trastienda de la escritura del libro que en aquel entonces venía escribiendo, El zorro de arriba y el zorro de abajo. De paso, el autor nos ofrece una versión distinta a la polémica que sostuvo con Julio Cortázar, que según la leyenda literaria fue determinante para que Arguedas terminara suicidándose.
Percibimos en cada página una sensibilidad, sin duda, hablamos de experiencia literaria, pero una que se consigue gracias al paso de los años. Un libro como este no pudo escribirse en caliente, las ciénagas emocionales rara vez contribuyen a los homenajes. Por esa razón, la presente publicación se defiende como testimonio perdurable, gracias a su honestidad, brindándonos una imagen de Arguedas visto de perfil, sea en sus fuerzas y vergüenzas. 
Nos encontramos ante un libro de lectura recomendada, pero poco se puede hacer porque es una víctima involuntaria de la mala distribución de los fondos editoriales de las universidades locales, que sí tienen muy buenos títulos. Ojalá afinen esa logística.

jueves, octubre 12, 2017

miedo

Como siempre, en el cine, tengo dos opciones: o ver la primera función o la última. De no ser así, paso de largo, a la espera de otro día. Me he dado cuenta de que mientras menos gente haya en las salas, es mejor, no solo para mí, sino también para los asistentes. La razón es muy simple, el inculto peruano promedio, pero con poder en la tarjeta, no sabe ver cine, imagino que una situación similar ocurrirá en el circuito teatral.
Días atrás llegué a la última función de It, del director argentino Andy Muschietti. Sin embargo, me había confiado, puesto que había gente en la fila y la emisión estaba pactada para dentro de diez minutos, que serían insuficientes debido al ritmo en que avanzaba la cola. Entonces, miraba mi cel, buscando info sobre otras opciones, aunque a esa hora poco o nada iba a conseguir. Levantaba la cabeza y la fila no avanzaba, miré a los empleados de la multisala, solo dos atendían y el resto estaba cuadrando su día. Me dije que si en un minuto no veía un cambio sustancial en el avance, vería la película en otra ocasión. Felizmente, no tuve que esperar mucho, y creo que ayudo en algo mi constante revisión en el cel, puesto que una de las trabajadoras de la multisala, dueña de una voz para recordar, me pidió que saliera de la fila, que ella me atendería en un módulo aparte, ubicado a la espalda de los módulos principales. Me sentí privilegiado porque detrás de mí también había gente, que empezó a reclamar pero a la que la trabajadora con voz para recordar no hizo caso.
Gracias a ella pude ver It, y valió la pena, porque sin ser una obra maestra, cumple con entretener con inteligencia, manteniendo el nervio narrativo y sin caer en lugares comunes. El mérito de Muschietti yace en no hacer más de lo que se supone tuvo que hacer, es decir, y con mayor razón cuando adaptas una novela de Stephen King: ceñirse a la linealidad narrativa, respetando la noción de su argumento y, en especial, el espíritu de horror psicológico como motor, nada más, ajeno a toda clase de forzado toque personal, esa innecesaria distinción en la que suelen caer aquellos que adaptan una obra literaria. ¿Para qué mostrar debilidad de oficio con el universo del espíritu de un novelón (por lo literario y también por su condición de ladrillo), cuando puedes mostrarte fuerte con una sola parte de este? Por eso gusta esta película de Muschietti, del mismo modo los niños actores que interpretan a los niños borders, y aún más Bill Skarsgard como Pennywise, el payaso diabólico engordado de miedo de los niños de Derry, pueblo de Maine. 
Aunque considero que los tramos finales pudieron ser otros (tengamos en cuenta su sentido de divertimento), It es dueña de no pocas cualidades (la mayor: hacer sencillo un argumento complejo, a riesgo de dejar uno que otro agujero temático en el camino) que nos devuelven a la parcela infantil, en la que no solo se nos presenta el miedo por primera vez, sino que le basta esa etapa para desarrollarse y quedarse con uno, así se crea que con el tiempo ha sido reprimido.

miércoles, octubre 11, 2017

opinología

Después del partido, salí a recorrer las calles de Lima. Un breve paseo por algunas zonas de referencia. Había alegría, pero esta era calmada. Si había algo que celebrar, se llevaba a cabo en contenida prudencia. Lo ideal hubiese sido el desborde, la manifestación excesiva que obedecía a una clasificación directa de la selección al mundial de Rusia.
La selección no jugó bien. Pero a estas alturas sabemos que jugar bien no es garantía para conseguir puntos. En este sentido, la selección hizo lo que pudo y consiguió el repechaje porque las circunstancias lo hicieron posible. No hay que pedir más.
Hay que estar muy mal de la memoria y tener una deficiente capacidad de análisis para no reconocer lo mucho que se ha avanzado en este proceso. Nadie negará que la selección tuvo partidos memorables, que consiguió puntos en plazas que hasta hace no mucho resultaban imposibles.
Más de uno creyó que los muchachos de Gareca brindarían sus mejores luces ante Colombia. Pero como indiqué en un post anterior, los futbolistas colombianos y peruanos comparten más de un lazo, con la peculiar diferencia en que el pelotero tropical tiene más oficio y experiencia en esta clase de partidos. Por esa razón dominó el encuentro, esperó los ataques peruanos, sabiendo que la presión estaba en nosotros, que necesitábamos ganar y esperar los resultados de otros partidos.
Desde que acabó el partido no había visto las noticias, ni navegado por las redes sociales. Regresé a casa y me conecté. No lamento haberme conectado, aunque en vez de molestarme, no podía dejar de sentir cierta rabia y pena al ver la mezquindad de los opinólogos virtuales. El problema no es opinar, sino hacerlo sin una mínima reflexión. No diría nada si fueran unos cuantos, pero cuando te enfrentas a una corriente de opinión, no tienes otra opción que aceptar lo que vienen deparando las redes sociales: la democratización de la imbecilidad.
La selección hizo lo que tenía que hacer. Se sabía que los resultados de las otras selecciones la ubicaban en el repechaje contra Nueva Zelanda, entonces, se debía optar por cuidar la pelota, tal y como lo hizo en los últimos tres minutos. No se podía atacar a riesgo de un contragolpe colombiano, sino, miremos el tercer gol de Brasil, el de Neymar, que ganó en velocidad al arquero chileno Claudio Bravo, que estaba adelantado. ¿Qué hubiese ocurrido si en la desesperación los chilenos conseguían el gol del descuento?
La selección peruana es un equipo en formación. Y lo hecho en esos tres minutos lo he visto en otras selecciones con más tradición que la nuestra, como España, Alemania, Francia e Italia. Hay que repasar un poco la historia antes de enarbolar posturas de ética deportiva. 
Nos queda por delante un mes de angustia, pero también de esperanza.

artefacto narrativo

Trabajo arduo, pero a la vez placentero, el tener que acomodar los libros que conforman atractivas torres, distribuidas irracionalmente por toda la casa. Algunos títulos pueden tener sus años, en cambio otros obedecen a ánimos más contemporáneos. En cuanto a estos últimos, si aún los encuentro en alguna columna de libros cercana al escritorio, es porque seguramente iba a releerlos, o en todo caso los tenía a la mano para volver a extraer una que otra información de utilidad.
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Cuando muchos creíamos que ya nada nuevo quedaba por explorar en estructura narrativa, apareció en 2013 la traducción al castellano de la novela La casa de hojas (Pálido Fuego – Alpha Decay), del narrador norteamericano Mark Z. Danielewski. No hay que pensarlo mucho: estamos ante un verdadero acontecimiento literario que nos hace creer en la vigencia del libro en formato físico, siendo un golpe letal contra aquellos avezados que, habiendo leído treinta libros en sus vidas, aseguraban la muerte de este a cuenta del libro digital.
Tenía entendido que se trataba de una novela difícil de traducir y es precisamente en ese detalle que yacía su leyenda. Leyenda, cómo no, repotenciada en la red por sus fans gringos y de otras latitudes, que llegaron al extremo de equiparar una posible traducción de la novela con una de Finnegans Wake de James Joyce. En otras palabras, una empresa imposible. Sabía también que la presente publicación venía precedida de los mejores elogios, es decir, me enfrentaría a un libro blindado por todos lados.
El encargado de la traducción al castellano fue el narrador español Javier Calvo. No todos los traductores están en condiciones de traducir textos literarios que escapan a la linealidad narrativa. Cualquiera no traduce el Ulises, menos el Tristram Shandy, peor aún A la busca del tiempo perdido, a saber. Para que esas empresas hayan llegado a buen puerto, fue necesario contar con un traductor que conectara con el texto literario, que lo sienta y de esta manera proyectar en el lector la extraña y mágica sensación de la experiencia literaria. En este sentido, Calvo cumple con creces, logra edificar el puente sensorial entre La casa de hojas y el lector.
Confieso que me acerqué a la novela con no pocos prejuicios. Me generó desconfianza su ya señalado blindaje y me sumergí en sus páginas con el único objetivo de confrontarlo. Pero no tardé en darme cuenta de que no valía la pena hacerlo, más bien, lo recomendable era dejarse llevar, entregarse a una suerte de simulacro psicotrópico.
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Desde el inicio Danielewski se impone como un narrador de oficio, con tradición y mirada procesada. Por ejemplo: La “Introducción” de Johnny Truant no es nada gratuita, ya que nos pone en el tapete lo que vendrá en las siguientes setecientas páginas. Al respecto, el autor hace gala de una sugerencia gris que entre líneas nos anuncia un sendero en el que no solo hallaremos un drama psicológico pautado por lo paranormal, también un mestizaje salvaje de registros narrativos, enriquecidos por la disposición espacial de los mismos en las páginas, que nos proyectan el horror y la locura que configuran a su personaje principal.
El mérito de Danielewski no es otro que hacernos verosímil lo inverosímil. Veamos. El fotoperiodista Will Navidson compra una casa para salvar a su familia de una inminente disolución a causa de la obsesión de este por el trabajo. Pero esta casa de Ash Tree Lane en Virginia refuerza los temores de la familia Navidson, en especial en Will, quien para entender lo que ocurre en ese lugar filma un documental, que llamará El expediente Navidson. Este documental es la fuerza centrífuga que motiva al lector a interpretar la casa y así saber qué es lo que ha ocurrido con esta familia. Por ello, lo que comienza como una curiosidad, termina convirtiéndose en inquietud, en viaje a la zona oscura del alma de los que “piensan” e investigan el documental, sumiéndolos en una realidad onírica y degradante.
Nos encontramos ante una novela que recoge y reconfigura el legado de las vanguardias artísticas y literarias del siglo pasado. No hay nada nuevo que descubrir en cuanto a su influencia. El autor transita caminos ya recorridos y lo que ha hecho no es más que picar de esta herencia, amparándose en una mirada potenciada mediante una actitud creativa deliberadamente experimental. Por ello, sería un craso error caer en mezquindades intelectuales, tratando de descubrir el tronco genérico del libro cuando este es bastardo en esencia. En lo personal, no me pierdo en las definiciones.
Cuando terminé de leer La casa de hojas, sentí que había sido parte de una extraña experiencia a cuenta de un artefacto literario que amedrenta. Ante esto, la condición lectora te lleva a tomar partido, o bien siendo parte de los aguafiestas que creen saberlo todo o bien aunándome a los que han disfrutado y vivido la novela. Ocurre que los libros llamados a quedar marcan la diferencia y como tales generan opiniones encontradas, y este de Danielewski no es ajeno a este destino.

… 

En SB

martes, octubre 10, 2017


un distrito ejemplar

Sábado en la noche.
Me encontraba recorriendo librerías miraflorinas aprovechando La noche de las librerías. Conseguí algunos títulos que buscaba, no todo, obviamente.
Cuando se suponía que regresaría a casa, recordé que desde hacía varios días venía realizándose la Feria del Libro de Barranco. Entonces, me dirigí a  ese distrito, no con la esperanza de encontrar lo que deseaba, pero sí deseoso de hallar algo más de variedad.
A medida que me acercaba al recinto ferial, este parecía un punto negro en medio de las luces sabatinas de los negocios cerca de la Plaza de Armas. Algo, pues, estaba ocurriendo.
Como ya se indicó en Lima Gris: la municipalidad barranquina decidió cortar el suministro eléctrico de la feria a manera de represalia contra los libreros que no decidieron pagar “un extra”, llámalo coima, a lo que ya habían pagado por participar en los días feriales.
Pude ver la molestia de los libreros, pero ante todo me percaté de la sorpresa e incomodidad de los vecinos del distrito, como también de sus no pocos visitantes, impresión que se reforzó cuando los guardias ediles recibieron la orden de retirar también el grupo electrógeno alquilado por los libreros ante el corte de luz. Bajo todo punto de vista, estaba sucediendo una situación bochornosa, vergonzante, precisamente en uno de los distritos limeños que más se jacta de su legado cultural. No había necesidad de averiguar más, los hechos eran la mejor muestra de lo que ocurría, la tácita explicación y revelación de cómo Barranco asume su discurso cultural a menos que no hablemos de bares, restaurantes y cualquier clase de centro de diversión.
Me retiré.
Sin embargo, recordé que en la mañana del domingo tenía una reunión en La Espiga de Oro. Es decir, otra vez en Barranco. 
Acababa la reunión, que resultó por demás provechosa, me animé a pasar un rato por la feria, creyendo que las cosas estarían ya un poco más calmadas, pero no fue así, la situación no pudo ser menos penosa que la noche anterior: los guardias ediles impedían a los libreros abrir sus puestos. Otra vez el espectáculo vergonzante, ahora bajo el sol: la cruda manifestación de cómo los poderes políticos de turno actúan ante los bienes culturales, recordemos la pasividad de este municipio ante el abuso cometido contra la librería La Libre. Claro, el burgomaestre, el docto en burricie Antonio Mezarina, reaccionaría de otra forma si es que se violenta un chifa, quizá el suyo.

viernes, octubre 06, 2017

un paso más

Fiel a mi costumbre, vi el partido entre Argentina y Perú encerrado en mi cuarto. Mi familia reunida en la sala, en un vaivén de quietud y exaltación, aún más con las salvadas del arquero Gallese. No sé cuántos cigarros acabé, pero sé, al igual que cientos de miles de peruanos, que tenemos un equipo que actúa en base a una idea de juego.
Se consiguió un empate, que no es para nada un mal resultado, y también vimos caer el mito de La Bombonera, que solo es mito cuando el estadio es ocupado por hinchas xeneizes. Pero lo que vimos todos, una vez más, fue la idea de juego que exhibe el conjunto nacional. Este mérito se lo debemos a Gareca, que trabajó con lo que tenía, siendo el responsable del potenciamiento (renacimiento en algunos casos) de más de un jugador satisfecho de la vida pero sin ambición deportiva. Esto es lo que le ha faltado a nuestras selecciones desde las eliminatorias para el Mundial de Japón-Corea 2002. Desde aquel entonces ya contábamos con jugadores que mostraban un nivel aceptable para las competencias internacionales, pero algo pasaba con ellos cuando eran llamados para los encuentros eliminatorios. Carencia de jugadores nunca fue el problema, sino compromiso.
Lo ideal era enfrentar a Colombia ya clasificada. Pero tampoco me sorprende que haya perdido su partido contra Paraguay. Si algo tengo claro es que los futbolistas peruanos y colombianos comparten la misma idiosincrasia: la habilidad de juego y la tara emocional (falta de concentración), letal combinación que no se va a extirpar, pero sí reprimir, como sí lo hizo Gareca con su base de jugadores que obedecen a un sistema que está a un paso de llevarnos a un mundial después de 35 años. 
No hay nada que reprochar a estar selección. Ya cumplió y solo depende de sí misma. 

jueves, octubre 05, 2017


se esperaba más

Tras la lectura de Conversación en Princeton (Alfaguara, 2017), libro en el que se reúnen los diálogos sobre literatura y política que mantuviera Mario Vargas Llosa con el crítico Rubén Gallo durante un semestre académico de 2015, arribo a sensaciones encontradas.
Subrayemos que el recorrido por estas páginas nos revela la vigente lucidez intelectual de una de las plumas más privilegiadas de la narrativa contemporánea. Puede sonar a lugar común, pero no. Si hay algo en lo que Vargas Llosa ha destacado como pocos, es precisamente en la amplitud de su mirada para leer la realidad, sea para fines de ficción, como de interpretación. Alegra ser testigo, una vez más, de su coherencia intelectual (pequeño detalle del que deberían aprender los agrandados de las aldeas literarias), también de su ética creativa que ha cuidado y fortalecido en más de cincuenta años de trayectoria. Gallo, como responsable de este despliegue discursivo del Nobel, dirige las sesiones con rigor y claridad expositiva, abordando tópicos como la teoría de la novela, el periodismo y la política, que incentivan el despliegue de la cultura oceánica de Vargas Llosa. A ellos, se suman los alumnos, que nos brindan acercamientos a los títulos más conocidos del autor, o, en todo caso, aquellos escogidos por Gallo para direccionar la mayoría de estas conversaciones. Pensemos en Conversación en La Catedral, Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero?, El pez en el agua y La fiesta del Chivo.
Párrafo aparte merece la participación de Philippe Lancon, periodista sobreviviente del atentado islamista contra el semanario Charlie Hebdo, ocurrido el mismo año en que suceden estos diálogos. Lancon describe al detalle lo que vivió aquel fatídico día: los terroristas ingresaron a las instalaciones de la revista sabiendo que había pocas vías de escape. Tuvo que fingir que estaba muerto y aguantar en silencio la bala incrustada en su cuerpo. No exagero: este testimonio es el inmediato vínculo sensorial con el lector, el toque de sal en las páginas de la publicación.
Sin embargo, tengamos en cuenta que muchas preguntas y respuestas son de conocimiento del lector recurrente de Vargas Llosa. Podríamos asumir que sus respuestas son producto de la impresión primeriza de los alumnos que comienzan a descubrir su poética narrativa. El escritor ofrece nuevos caminos a su obra, como también a su pensamiento (en lo referido a la político, el rol del periodismo hoy y la situación del terrorismo internacional), mas no hallamos información que podamos catalogar de relevante. Tampoco podemos pasar por alto la profunda decepción que sentimos en la sección dedicada a El pez en el agua, cuyas preguntas están marcadas por la obviedad, ni qué decir de las respuestas, muy lejanas de toda motivación a repreguntas que rescaten este apartado que prometía nuevas ideas sobre uno de los libros mayores de nuestro escritor. 
Por lo dicho, se deduce que a Conversación le faltó arrojo, quizá sus interlocutores se vieron eclipsados ante el autor (suele ocurrir, no importa cuán experimentado sea el alumno o especialista). Pese a ello, no estamos ante un libro que decepciona, pero sí ante uno del que esperábamos muchísimo más.

miércoles, octubre 04, 2017

generación del desencanto

Entre las actividades de la Casa de la Literatura Peruana, habría que prestar atención al ciclo Narradores peruanos de los 80: El sonido y la furia, a desarrollarse los próximos viernes 6 y sábado 7 del presente mes de octubre.
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Desde que sigo el desarrollo de la narrativa peruana, no he dejado de preguntarme por el descuido que se ha tenido con la narrativa de la década del ochenta, que vista a la distancia, ha entregado nombres más que atendibles a nuestro imaginario narrativo. Un motivo que nos permita entender esta especie de falta de interés podría obedecer a la inexistencia de suficiente material bibliográfico, que como tal impide realizar un seguimiento adecuado de cómo se desempeñaban los narradores de aquellos años, que como sabemos, fue un tiempo signado por la barbarie, la desesperanza y la violencia que afectaban todas las instancias de la vida social.
Así parezca contradictorio, fue la poesía la que concitó la atención. Al respecto, podemos especular sobre aquel fenómeno, que asociamos a la “facilidad” que existía/existe para la materialización de un poemario. Su naturaleza artesana como destino, que bastaba para los diarios y revistas. Situación distinta si hablamos de un libro, sea novela y cuentario, que demandaba un desembolso económico que muy pocas editoriales y contados autores estaban en condiciones de cubrir. Esto, como primera explicación racional. Sin embargo, no dejemos de lado el ánimo del artista en formación. Había pues que tener la piel dura para seguir en un oficio literario en un país que día a día invitaba a sus hijos a huir de él lo antes posible. En este sentido, me es imposible no preguntarme por aquellos jóvenes interesados en la práctica de la escritura en medio de un contexto que no ofrecía el más mínimo de los estímulos. No son pocos los que desistieron en este afán, pero los que quedaron, los que persistieron, y hay que ser justos, no lo hicieron nada mal.
 Para tener una idea, o un acercamiento a este panorama, revisemos la histórica antología En el camino (INC, 1986), de Guillermo Niño de Guzmán. Su prólogo, “La generación del desencanto” nos ofrece un paneo social y literario, de la situación del escritor que deseaba darse a conocer. Digamos también que no sorprende que el antólogo haya tenido que convocar a muchos autores sin libro publicado, a los que tuvo que leer en revistas literarias de corta vida. Se trató de una actitud arriesgada, mas no tuvo otra opción, había que dejar testimonio y lo hizo mediante cuentos que si los comparamos con la producción de nuestras nuevas plumas, algunas de estas últimas palidecerían de verguenza. Repasemos la nómina: Cromwell Jara, Guillermo Saravia, Siu Kam Wen, Zein Zorrilla, Mariela Sala, Alejandro Sánchez Aizcorbe, Mario Choy, Ernesto Mora, Carlos Schwalb, Augusto Tamayo San Román, Alonso Cueto, Guillermo Altamirano, Rafael Moreno Casarrubios, Walter Ventosilla y Mario Ghibellini.
De esta selección, es evidente el lugar de privilegio que a la fecha ostentan Cueto y Jara. Algunos han elegido transitar el camino del perfil bajo y otros simplemente abandonaron el oficio. Por ello, esta antología vendría a ser una radiografía de época, la misma que tendría que reeditarse y de esta manera ser apreciada por nuevos lectores.
Pienso también en otra antología, valiosa y hecha en la seguridad que depara la distancia del tiempo: Narradores peruanos de los ochenta. Mito, violencia y desencanto (Universidad Ricardo Palma, 2012) de Roberto Reyes Tarazona. Antología pautada por la diversidad temática y cuya riqueza descansa en el amable “peso” de la escritura. Más allá de los tópicos abordados por los autores seleccionados, asistimos a una sinfonía de la escritura. Estamos pues ante una feliz asociación entre la escritura y el nervio temático. Al lector de ocasión le podrán gustar unos cuentos más que otros, eso es indudable, pero lo que no negará es la sensación que transmiten estas páginas: la escritura en serio, ajena a modas narrativas e intereses editoriales.
Tal y como señalamos, Reyes Tarazona fue a lo seguro, aquí sus convocados: Luis Nieto Degregori, Dante Castro, Zein Zorrilla, Walter Ventosilla, C. Jara, Julián Pérez, Teófilo Gutiérrez, A. Cueto, Guillermo Niño de Guzmán, Jorge Valenzuela, Pilar Dughi, R. Moreno Casarrubios, Carlos Herrera, M. Sala, Siu Kam Wen, Fernando Iwasaki y Mario Choy.
Aunque ausentes en ambas antologías, sumemos los nombres Mario Bellatin y Jorge Ninapayta. El primero, reconocido como uno de los escritores más relevantes de la narrativa latinoamericana contemporánea; y el segundo, considerado un excelente cuentista, sin embargo, todavía falta reforzar la difusión de su obra, todo un maravilloso ejemplo de que en Perú los buenos libros son insuficientes para posicionar la poética de un autor. Obviamente, estos narradores no son los únicos que aparecieron en ese decenio, varios de ellos se dieron a conocer después de tiempo, como Javier Arévalo, Carlos Arámbulo, Luis Fernando Cueto, Peter Elmore, Jorge Eduardo Benavides y Mario Suárez Simich.
En otro orden de cosas, subrayemos la carencia de ensayos sobre ese periodo narrativo. Los pocos que he leído solo pueden ser asimilados por entendidos, cuando lo cierto es que estos narradores no necesitan especialistas, sino lectores que disfruten de sus narraciones. Dicho esto, destaquemos un buen aporte para su difusión, el breve ensayo de Subjetividades amenazadas (Cuerpo de la metáfora, 2013) de Carlos Yushimito. Aquí el autor nos invita a indagar en esta generación, reforzando su discurso al incluir los cuentos de tres autores elegidos: G. Niño de Guzmán, “Caballos de medianoche”; A. Cueto, “La venganza de Gerd” y J. Valenzuela, “El secreto de Marion”.
Por lo dicho hasta el momento, se deduce que tenemos una deuda con estos narradores, a lo mejor conforman una generación perdida o, como bien señalan Niño de Guzmán y Reyes Tarazona en sus antologías, una del desencanto. Sea como fuere, considero que es momento de luchar contra el olvido, sin caer en demagogias, porque como toda generación, esta tuvo extraordinarios escritores, como también buenos, regulares, mediocres y pésimos. Lo que me queda claro es que de una posible navegación en ella, no pocos saldrán gratamente sorprendidos.

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En SB

martes, octubre 03, 2017


psh

Hace mucho tiempo le dije a mi amigo Abelardo, mientras cenábamos en un chifa del Rímac, que Philip Seymour Hoffman era un actor injustamente subvalorado y que merecía, al menos, un rol protagónico en alguna película. Abelardo escuchaba en silencio mientras rociaba sobre su chijaukay una extraña mezcla en base a limón, mezcla que pidió preparar al cocinero del chifa, entonces me miró y dijo:
“Seymour es un actorazo. Debes ver Love Liza”.
No hablamos más de Philip Seymour Hoffman.
Días después me puse a buscar esa película. Me informé de ella sin exceso, como para no saciar el interés. Solo lo básico: Love Liza fue dirigida por Todd Louiso, se estrenó en 2002 y el guion fue escrito por Gordy Hoffman, hermano mayor del actor. La película tuvo críticas muy polarizadas, desde aquellas que la calificaban de maravillosa a las que la tildaban de mero ejercicio estético, aunque no dejaban de reconocer la brillante actuación de PSH.
En mis quincenales visitas a Polvos Azules, no dejaba de preguntar a mis proveedores si ya la tenían. Más de uno llegó a decirme que sí, pero con fallas de imagen (tal y como la vio Abelardo). Esta situación se repitió hasta siete veces y todo indicaba que tendría que esperar más de lo que suponía para verla. Sin embargo, por algo uno tiene muy buenas amistades. La pude ver gracias a Susana, que me la trajo de Santiago.
A excepción de Love Liza, Capote y la obra maestra Synecdoche, New York, PSH siempre ha actuado en roles secundarios. Sin duda, él pertenece a esa rica tradición norteamericana de actores de reparto. Repasemos al vuelo: el enamorado y onanista Allen en Happiness de Todd Solondz, el enfermero Phil Parma en Magnolia de Paul Thomas Anderson, el legendario crítico de rock Lester Bangs en Almost Famous de Cameron Crowe y el nervioso y enamoradísimo gay Scotty J. en Boogie Nights de Anderson.
En Love Liza da vida a Wilson Joel, que atraviesa una tragedia: el suicidio de su esposa Liza. Como es de suponer, Wilson se entrega a los caprichos del abandono: no se baña, duerme en el piso de su casa, anda distraído, muestra comportamientos por demás forzados con sus compañeros de trabajo, etc. Pero estas actitudes no son más que la coraza ante la implícita duda que lo carcome: la curiosidad por saber, y no saber, qué es dice la carta que Liza le ha dejado, carta que encontró de casualidad debajo de la almohada. Mediante esta lectura, al menos Wilson pondría en orden sus pensamientos y sentimientos, pero no, se adhiere más a la opción de seguir viviendo en la dejadez y, de esta manera, seguir el mismo sendero de su esposa suicida. No suficiente con lo que le ocurre, su suegra Mary Ann (impecable Kathy Bates, la recordada Annie Wilkes de Misery) le exige que abra de una buena vez esa carta, porque ella, en su condición de madre, está en su derecho de conocer la razón del suicidio de su hija. Sin embargo, Wilson se resiste y busca otras vías de evasión, una realidad paralela que, hasta cierto punto, consigue en la inhalación de gasolina.
Wilson abre la carta cuando intenta suicidarse.
Luego de ver Love Liza, supe el por qué mi pata se había quedado en silencio cuando me dijo que debía verla y ahora lo entiendo, lo entiendo muy bien.  
Love Liza confirma lo que muchísimos pensamos: Philip Seymour Hoffman figura como uno de los mejores actores en la historia del cine. En todas las películas que ha participado hemos visto la solidez actoral por la que siempre lo vamos a recordar.

lunes, octubre 02, 2017

reynoso de vuelta

Si bien es cierto que la obra narrativa de Oswaldo Reynoso (1931 – 2016) es por demás breve, esta no deja de despertar entusiasmo interpretativo y especulativo. A la fecha, cada libro es un potente caudal metafórico, desbordante y sensual en el manejo de la prosa, o como bien comienza a señalarse, la prosa poética que lo identificó como escritor.
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Prestemos atención a lo que se viene diciendo de sus últimas publicaciones, como En busca de la sonrisa encontrada y Arequipa, lámpara incandescente, que sin duda motivarán otra columna de opinión, por tratarse de aparatos literarios (a estas alturas, habría que ser muy arriesgado para ubicarlas en un determinado género), que más allá de gustar o no a los lectores, posicionan a Reynoso como un adelantado a lo que hoy en día se escribe y publica, y no me refiero solo a la narrativa latinoamericana. Ahora que el híbrido/mestizaje genérico parece ser el nuevo cintillo de temporada, es justo consignar que nuestro autor ya lo venía practicando por urgencia de escritura y sin reclamo de patente. Tengamos en cuenta sus últimas declaraciones, al menos puedo dar testimonio de la que me brindó en una entrevista pública que en la quincena de enero de 2016 le hice en una librería local: “Yo escribo, solo escribo, no me importan los géneros”. En la contundencia de esta respuesta, podemos rastrear luces en el último Reynoso, experimental y quizá por ello irregular.
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Si lo último de Reynoso generaba desconcierto, qué podemos decir de los títulos ya instalados en el imaginario del lector. Una breve mirada nos enfrenta a un autor inacabable, rico en temas y avezado en la tensión lírica de la palabra escrita. En tal sentido, no nos debe sorprender que su obra se esté reeditando, y en esta empresa hay para más de un gusto: el Reynoso sensual del lenguaje, el Reynoso político, el Reynoso social, el Reynoso ideológico…
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Uno de sus libros que ya conoce de reediciones es la novela El escarabajo y el hombre, publicada en 1970. Suponemos que se trata de una edición de autor, puesto que esta no nos brinda suficiente información al respecto. Sin embargo, poco o nada importa, porque el libro, sin tomar en consideración su evidente valía literaria, hace alarde de una belleza artesanal que lo convierte en un objeto de lujo, y por qué no decirlo, también histórico. Una novelita, a primera impresión, de aliento sicodélico, que vemos en la secuencia visual de sus primeras páginas, a cargo de Jesús Ruiz Durand, seguramente a modo de radiografía de época en que se dio a conocer la publicación.
Sobre esta novela se teje una de las leyendas literarias locales más conocidas y celebradas: fue silenciada por los críticos literarios de la época. ¿Por qué?, se preguntará el falso reynosiano, pues fácil: en la noche de su presentación, en el bar Palermo, nuestro autor mandó a la mierda a todos, “pero a todos”, los críticos literarios del país. Lo dijo de pie sobre una mesa del bar luego de que su amigo, el estupendo estilista Eleodoro Vargas Vicuña, presentara la novela sin hablar de ella. Se entiende el contexto, la fiebre de la presentación venía pautada por interminables litros de alcohol. El seguidor de Reynoso sabe al detalle de esta presentación y no vamos a negar que era todo un gusto escucharlo cuando la contaba cada vez que podía, sin importarle las omisiones y exageraciones de su memoria.
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Como ya se indicó, esta novela ha sido reeditada/rescatada más de una vez. Recuerdo la edición de Editorial San Marcos de 2001 y la de Casa Tomada de 2009. Y en estos días se suma la realizada por la editorial arequipeña La Travesía, que la anuncia como la versión “definitiva”. Esperemos aquí encontrar la secuencia visual de JRD, ausente en las ediciones de los sellos antes mencionados.
Ante ello, la relectura se impone para dar fe de lo obvio: la vigencia de la novela, pero también la relevancia del magisterio del autor, relevancia muy pocas veces advertida y que tendría que empezar a difundirse, en especial para todo aquel que pretenda escribir ficción: el lucimiento técnico de Reynoso. Es decir, su carácter pedagógico para contar.
No solo asistimos a una novela que proyecta algunos de los tópicos recurrentes en la obra reynosiana, como la frustración, la desidia y el desamor. El escarabajo y el hombre se ambienta en uno de los espacios por excelencia de su poética: el bar, en donde un joven le cuenta a su profesor de lengua y literatura sobre los asuntos existenciales y emocionales que le carcomen a su tierna edad. El profesor (El Profe) escucha, indaga en el relato del joven, pero no escuelea. El Profe es, sencillamente, un amigo, una suerte de hermano mayor al que el joven busca para desfogarse. A la par de este relato, se desarrolla otro: el diálogo entre dos jóvenes “pirañitas” que son testigos del paso de un escarabajo que empuja una bola de excremento de un extremo a otro de la carretera. En este diálogo, participamos de un homenaje del autor a las Fábulas de Esopo. No es gratuito este tributo, puesto que mediante la alegoría Reynoso puso en bandeja una férrea crítica social que se engarza con la cita de William Blake que sirve de epígrafe. Reynoso, pues, sabía criticar y en estas páginas hay una crítica abierta al sistema de época y que la relectura nos permite ver que esa crítica muy bien puede justificarse en estos tiempos.
En estas páginas percibimos a un Reynoso recargado, nos basta con la voz del narrador presente en las dos historias, esa voz que no solo conduce, sino que otorga un peso reflexivo, es decir, el tejido del nervio conceptual que eleva la anécdota a categoría de dimensión humana. Lo que en voces menores serían huevadas poseriles, en Reynoso es trascendencia, actualidad y, obviamente, discusión. No podemos hablar de Reynoso si lo que leemos de él no nos lleva a la discusión, a esa parcela interpretativa e impresionista de la poslectura, cualidad que solo exhiben los libros posicionados como clásicos.
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Nos encontramos ante un clásico de la narrativa peruana, pero un clásico sin la contundencia que merece. Y eso es lo extraño, puesto que nos hallamos ante un libro más mentado que leído, cuando lo cierto es que aquí estamos ante un autor al que no solo admiramos por su talento natural para escribir, sino del que podemos aprender a cómo, por ejemplo, estructurar una novela corta sin caer en las ciénagas del anecdotario, a rehuir de la verbalidad idiota que se vende como callejera. Estas páginas son también el testimonio de Reynoso en su condición de Profe de narrativa. Por ello, ante el fracaso del lugar común que guía la difusión de la novela, considero que esta tendría que enfocarse en lo que es: una novela de culto para escritores, para lectores ya formados a la búsqueda de un aprendizaje literario, no más como una novela de jóvenes atribulados por la vida, la carencia económica y la frustración.
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Encontramos dos influencias muy marcadas, tanto en lo estructural como en lo temático: nos referimos a Viaje hacia el fin de la noche de Louis- Ferndinand Celine y El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. El escarabajo y el hombre es una bendita mutación de ambas novelas, con jóvenes que son y no son jóvenes, que echa luces gracias un andamiaje narrativo que en su complejidad pasa inadvertido para el lector, lo cual es un triunfo, o llámalo también experiencia literaria.
Y claro, El escarabajo y el hombre es también una prueba más del mundo que nunca dejó de interesar a Reynoso. Hablamos de un mundo juvenil marginal, que le bastaba y sobraba, muy lejano de la galaxia juvenil rubricada por la plasticidad material. Lo dice en la novela:
“Pero son más sinceros que muchos universitarios que ya tienen hecha su vida con la profesión que siguen y hay que verlos habladorcitos, decididos a todo para cambiar la sociedad, pero luego cuando ya han conseguido su título se olvidan de todo y son capaces de las más grandes traiciones con tal de tener un poquito de plata”.

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Publicado en SB

viernes, septiembre 29, 2017


para verla

En las madrugadas sigo ordenando mis películas, que agrupo en cajas para ponerlas en el almacén y así aprovechar el espacio para los nuevos estantes que llegarán a casa en los próximos días. Son muchas columnas de libros, las cuales me obligan a moverme con cuidado; pues bien, en medio de tarea de ordenamiento de películas, encontré una no he visto las veces que me hubiese gustado, a la que sin problema alguno le pondría el rótulo de Obra maestra.
Resulta curioso que no aparezca en las listas de las mejores películas del Siglo XXI, listas que hasta hace no mucho venían generando entusiasmo en la platea cinéfila. No creo que esta apreciación se deba a un mero capricho impresionista, porque Synecdoche, New York (2009), primera película de Charlie Kaufman, tiene más que suficientes méritos cinematográficos para ser considerada un trabajo mayor del presente siglo. Al respecto, haciendo un banal ejercicio especulativo, pueda que haya sido víctima de un involuntario olvido entre los entendidos que confeccionaron estas listas. A ello sumemos la complejidad conceptual de SNY, que la desfavorece para el gusto mayoritario, mas decir esto no es más que una forzada esperanza de buena voluntad, con mayor cuando vemos en las selecciones títulos menores como Moonlight, Munich y Virgen a los 40.
Si hablamos de Kaufman, nos referimos a un nombre clave en la escritura de guiones, pensemos en películas como Being John Malkovich, Adaptation y Eternal sunshine of the stopless mind, que el conocedor ha sabido apreciar. Nos pueden gustar o no, pero nadie negará que los guiones de Kaufman están pautados por una sensibilidad que, sin subestimar al espectador común, cuida su coherencia interna, que transita entre lo cartesiano y lo onírico, que viaja de lo estético a lo grotesco, que vemos en toda su amplitud en Synecdoche…
Caden Cotard (una de las mejores actuaciones de Philip Seymour Hoffman), un director de teatro cuya vida familiar es un desastre y preso de un ensimismamiento que acaba alejando a las personas que lo aprecian. Cuando las desgracias emocionales no pueden ser menos, Caden recibe la beca MacArthur, acontecimiento que le permite financiar una obra teatral en la que intentará plasmar todo su talento. Sin embargo, Caden descubre que está enfermo (anunciado en las primeras escenas), su organismo comienza a deteriorarse. Aquí, la narrativa lineal, el mandato de la lógica, que de imponerse no estaríamos hablando de una película de Kaufman. Kaufman huye de la realidad sin alejarse de ella, partiendo de la atribulación natural de Caden y apoyado de un selecto elenco de mujeres (Emily Watson, Jennifer Jason Leigh, Catherine Keener, Samantha Morton, Hope Davis, Diane Wiest y Michelle Williams), cada cual haciéndolo más infeliz, aun cuando este pone en escena lo imposible: reflejar el día a día de New York dentro de un hangar en el barrio teatral de la ciudad. Para Kaufman, el propósito de su película, su logística interna, obedece exclusivamente a Caden, en quien proyecta sus señaladas dimensiones (cartesiano/onírico y estético/grotesco), por medio de un ritmo ralentizado que nos lleva de la indignación a la tristeza, sin pasar por alto el humor negro, tan presente en los guiones de Kaufman y ahora en su ópera prima. De esta manera, el director interpela. El ocasional espectador asiste a un metadiscurso del histrionismo, es decir, las mujeres que rodean a Caden son todas las mujeres, y Caden todos los hombres.  
Ganas de spoilear no faltan. Solo recomiendo que la vuelvas a ver si ya conoces esta película, si en caso no, avisado estás.