miércoles, agosto 16, 2017

un libro de 1997

Caminaba tranquilo, fumando un pucho, rumbo a Sarcletti, en donde me encontraría con un buen amigo para hablar de lo que siempre hablamos: poesía, música y antifeminismo.
Pero en el trayecto recordé que no recordaba cuándo caducaba mi carné de investigador de la BNP. Como entre la BNP y el café había no más de 300 metros de distancia, decidí hacer la renovación, aprovechando que aún tenía tiempo, además, suponía que la renovación del carné no iba a demandarme más de diez minutos.
Aunque demoré poco más de quince minutos para la bendita renovación, apuré el paso hacia el café, en donde ya se encontraba mi pata, me entregó una antología de poesía de reciente publicación y un cuentario que ya había leído años atrás, en 2002 si no me equivoco, en una acelerada tarde de marzo en el entonces local central de la BNP. No era un libro del todo esquivo, conocía amigos que lo tenían, pero cuando tuve oportunidad de comprarlo, algo ocurrió, pasé de largo bajo la idea de que lo compraría al día siguiente, pero cuando regresé, el libro ya no estaba y lo busqué durante años.
Como indiqué, hay libros que son esquivos y pese a tener la reedición de 2008 de Matalamanga, siempre quise tener la edición de 1997, de Australis. 
Bien lo deduce el lector informado y memorioso, me refiero a Un único desierto de Enrique Prochazka. Releeré el libro en lo queda de la madrugada y lo más probable es que escriba de él en los próximos días. Pues bien, mientras conversaba con mi pata, miraba la portada que tenía al lado de la(s) taza(s) de café, quizá bajo el temor de no hacer un mal movimiento y manche con café la sobria portada del libro. No sería la primera vez que me ocurren esta clase de torpezas, por ello, puse sobre el libro la antología de poesía, cuyo prólogo me promete una malsana diversión. Ya les cuento.

martes, agosto 15, 2017


hora de pronunciarse

Muchos amigos y conocidos me preguntan por mis críticas a la izquierda letrada de este país. Los más elementales consideran que me dejo guiar por mis ímpetus y broncas con ciertos personajillos de la zurda del circuito literario.
Ya lo he dicho, si la izquierda en este país fuera normal, no tendría problema alguno en simpatizar con ella. Pero nuestra izquierda letrada es demasiado posera y cínica, presa de una superioridad moral que la tiñe de estratégico desentendimiento si de aceptar sus errores se trata. Algunos de estos errores bien podrían tirar por los suelos la proclama de sus principios, errores que la derecha aprovechará para justificar sus serios señalamientos hacia esta izquierda letrada que no se sacude de la demagogia.
Por ello, si esta izquierda aún no dice nada sobre su apoyo a Ollanta, en quien, como sabemos, recaen sospechas razonables sobre violación de derechos humanos, al menos que diga algo al respecto sobre la situación en Venezuela.
Claro, los que se la llevan fácil dirán que lo de Maduro es un tema que no les compete. Ceñirse a ese criterio –que tiene más de criollada discursiva que de razón– no es más que negar una cercana evidencia: miles de venezolanos que vienen a Perú en pos de un futuro mejor.
La izquierda también tiene sus dictaduras y contra ellas tiene que pronunciarse su llamada reserva moral, a menos que sus líderes guarden hacia ellas algo más que forzadas simpatías ideológicas. Lo que hizo la dictadura chavista fue comprar las consciencias de sus líderes latinoamericanos mediante pingues donaciones. Lo intuíamos y ahora lo sabemos.
En este sentido, Salomón Lerner Ghitis hace bien en pedir a la lideresa Verónika Mendoza un pronunciamiento firme ante lo que viene deshaciendo/destruyendo Maduro en Venezuela. Aparte de haber llevado a cabo semanas atrás una elección puesta en entredicho por los veedores internacionales, la gracia de este dictador de seguir en el poder viene generando un altísimo costo en vidas humanas (la mayoría de jóvenes). Ni hablar de la crisis económica que viene sufriendo ese país, lo que nos suena muy raro tratándose de uno sumamente rico. 
Mendoza no puede perder tanto por tan poco. Puedo estar o no de acuerdo con sus planteamientos económicos que expuso en la pasada campaña electoral, pero perder lo avanzado por ceguera ideológica –no por carácter, porque si hay algo que le sobra a esta mujer es precisamente carácter– es por demás estúpido, porque abrigo la esperanza de que es eso: ceguera ideológica y no un anticucho en una cuenta bancaria que desde Caracas nos den señas de su existencia si en caso ella llegara a pronunciarse contra esta dictadura tropical.

lunes, agosto 14, 2017

reseñismo pura vida

Lo digo en buena onda, a ver si empezamos a cambiar un poco.
*
Desde que tengo conocimiento, el reseñismo literario practicado en medios siempre ha estado en crisis. Al respecto, se ha reflexionado mucho sobre la idoneidad de quienes lo deberían ejercer, y en parte se tiene razón cuando se reclama por críticos de oficio. Sin embargo, habría que recordar que muchos críticos provenientes de la academia no han sabido proyectar en el lector lo que se esperaba (descriptivos, aburridos, demagogos y, en algunos casos, amigueros), al punto que —salvo excepciones como Abelardo Oquendo— ya no se les extraña.
Se supone que el reseñismo tiene que mostrar la voz y la personalidad de su juez de turno, así estemos o no de acuerdo con sus juicios, más aún en estos tiempos en los que el reseñismo local ha tocado fondo: convertido en una rama promocional de las grandes editoriales y, eventualmente, de los sellos independientes.
No sorprende, estamos siendo testigos del miedo a la emisión del juicio valorativo. Pienso en la sección Don Lucho Review of Books a cargo de Pedro Escribano en La República; en la incoherencia de Juan Carlos Fangacio en El Comercio (¿descripción y señalamiento a novelas que no le gustan y descripción y saluditos a novelas malas/mediocres?); imposible olvidar los obsequios semanales que nos deparaba un ejército académico en Exitosa: reseñas que exhibían el compadrismo de los textos de presentación. Pienso también en Dante Trujillo, eficiente lector y muy buen editor (me consta). Los lectores de su página en Somos no esperan de él la pepa libresca, sino una opinión más elaborada sobre la misma, que puede lograrse en pocos caracteres (nos hayan parecido o no sus opiniones, recordemos lo que hacía Oquendo en un espacio reducido). 
El reseñista tiene una responsabilidad moral con el lector y con nadie más. Este no debe jugar en pared con la tentadora aceptación, como lamentablemente somos testigos en las redes sociales. El reseñista está llamado a ser una presencia incómoda, un pinchaglobos, no un aliado de ocasión. Ya lo dijo el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael: “hay que tener la piel dura porque la mitad de la sociedad literaria te detesta y la otra mitad te quiere mucho, si te gusta caerle bien a todo el mundo, pues esto no es lo tuyo.”

domingo, agosto 13, 2017

de reparto

La venía postergando, pero decidí verla a razón de una buena amiga que siempre acierta con sus recomendaciones. Lo que escuchaba y leía de la serie Ozark (2017), valía conocerla de inmediato, mas no podía porque estaba viendo otras series, como revisitando algunas películas de Paul Mazursky.
Creí que la vería a ritmo de siempre: dos capítulos por día. Pero como la ansiedad es uno de mis males característicos, miré de corrido sus diez capítulos, en maratónica sesión –de noche y madrugada– que valió la pena.
De las muchas cosas que me gustaron de la serie, más allá de su tema medular del lavado de dinero (en verdad, este post da para otro mucho más largo), queda en mi retina la galería de sus personajes secundarios. Al respecto, mientras desfilaban el agente del FBI Roy Petty (Jason Butler Harner), la joven, peligrosa e inteligente Ruth Langmore (Julia Garner) y la desconfiada y tan llena de carácter Rachel (Jordana Spiro), pensaba en la rica tradición de actores de reparto que exhibe la industria gringa. Es cierto, habría que hacer eco de los años de oro de la series, pero esta celebración no sería lo que es sin esos actores y actrices que dan vida a personajes en los que se sostienen no solo los personajes principales, también el tronco argumental. 
Pensaba en estos tres personajes de Ozark. Y me preguntaba por qué el asunto del lavado de dinero no es explorado en nuestro contexto (sea en series, películas y novelas), tan rico en esta clase de maravillas para la ficción. Me lo pregunté y se lo comenté a mi amiga, pero también la respuesta inmediata a esta situación no es menos que apabullante: nuestros creadores no están pensando en la Historia. Piensan en la forma y la experimentación, y los que piensan en la Historia, lo hacen de forma barata y efectista, acicateados por los resultados pecuniarios inmediatos. A esto sumemos el desconocimiento de una tradición (literaria o visual) que los lleve a ubicar a los personajes secundarios, es decir, si ni siquiera pueden ubicarlos, no nos extrañe la incapacidad para configurarlos. Un personaje secundario bien perfilado resulta más importante que el principal, lo dice el manual. Venimos, pues, desaprovechando por desconocimiento e intereses snobs el crisol de historias que nos ofrece precisamente la calle.

sábado, agosto 12, 2017

profesores

Para los que fuimos adolescentes en la década del noventa, lo que estamos viendo en los últimos días en la Plaza San Martín es una versión pacífica de las reuniones que sucedían allí. No recuerdo el año con exactitud, pero sí que los alumnos de los colegios nacionales estuvieron a nada de perder el año escolar. Aunque los reclamos de ahora son en parte justos y otros sencillamente innegociables, los perjudicados son los mismos de siempre, los alumnos, la mayoría del interior del país.
Ante esta posible catástrofe, he leído/visto un sin número de estupideces que vienen encendiendo los ánimos en los patios de recreo de las redes sociales. Para ciertas mentes la “solución” más “celebrada” sea la de capacitar a los profesionales de otras carreras para que puedan, en situaciones así, entrar al rescate de los miles de alumnos perjudicados. Quienes han propuesto esta barbaridad vienen recibiendo los más justificados ajusticiamientos virtuales, cosa que me alegra.
Capacitar a profesionales, como reserva, no es la solución. Más bien, la solución siempre ha estado a la mano, solo que en este país ya no sabe dialogar. En este caso nos hallamos ante bandos de poder que han hecho de la tolerancia y el diálogo sus banderas de promoción. Ahora vemos dónde quedan esas banderas, a qué intereses políticos, económicos e ideológicos obedecen.
Anoche me encontraba por Miraflores, compré en una librería un par de libros de Fernando del Paso. Cuando me disponía a regresar a casa, me despedí de mi amiga que me acompañó en esta breve cacería libresca y decidí ir al Centro. Para mi buena suerte, llegué rápido y me alegra que haya sido así, porque lo vi fue una muestra festiva del reclamo, pautado por cánticos y danzas. Claro, era la algarabía después de muchas horas de arengas. La plaza también estaba poblada por carretillas de comida y venezolanos que vendían café y arepas. 
Hablé un rato con algunos profesores, les pregunté lo que tenía pensado preguntarles. Estaban los que buscaban el diálogo, los infaltables revoltosos de la ceguera ideológica y los ociosos que se hacen llamar profesores. Para bien, los del primer grupo eran más.

miércoles, agosto 09, 2017


Gregorio Martínez, la carnalidad de la prosa

La partida de Gregorio Martínez viene confirmar, una vez más, el inminente relevo en el que se encuentra la narrativa peruana. No estamos en un relevo natural, sino ante uno forzado e inesperado, manifestado en una seguidilla de ausencias de nombres medulares para la tradición narrativa  de los últimos cuarenta años. En el caso de Martínez, se trataba de un autor de quien no sabíamos mucho, bueno, sabíamos lo que teníamos que saber de él: era dueño de una obra muy apreciada. Como ya se viene indicando en medios, uno de los mayores logros del autor fue convertir en experiencia literaria la oralidad afroperuana de la costa. Sin embargo, lo que siempre me gustó de él fue su administración de la mirada vital, el talento para escribir y la erudición, que en su confluencia nos convirtieron en agasajados partícipes de una naturalidad discursiva que descansaba en la verdad de la transmisión.
Sin duda, y en toda justicia, muchos escritores que lo conocieron darán cuenta de sus dotes humanas. Ante ello, prefiero repasar lo que pensaba/pienso de Martínez y su obra, porque al igual que yo, son muchos los que llegamos a saber de sus libros mediante la recomendación de terceros. Tampoco hablamos de un autor marginal, porque se podía estar informado sobre sus publicaciones ya sea por diarios y revistas.
Para un entonces joven lector interesado en narrativa peruana, había transitar por caminos seguros, partiendo de los autores canónicos e ingresar sin sentimientos culposos a los autores que podían exhibir una proyección. Supe de Gregorio Martínez gracias a una referencia que hizo Antonio Gálvez Ronceros en el Taller de Narrativa que dirigía en San Marcos. Aquella noche, tras leer el cuento de un aspirante a escritor, GR le sugirió que leyera el cuentario Tierra de caléndula. No sé si el aspirante hizo suyo el consejo, pero yo sí, puesto que en esos años noventeros apuntaba todas las referencias bibliográficas posibles y me lanzaba a la cacería de ellas. No fue difícil leer ese libro, porque lo pedí prestado de una biblioteca que se respetaba como tal.
A partir de entonces, pasé a recorrer su bibliografía, que no era extensa. A saber, leí La gloria del piturrín y otros cuentos del amor, Crónica de músicos y diablos y Canto de sirena. Tras estas lecturas, supe que Martínez no sería una referencia a seguir en mi condición de indeciso interesado en la escritura. No quiero decir que no conectara con su poética, por el contrario, me sentía muy atraído por ella a razón de su sabiduría y su pulsión vital, esa suerte de celebración del erotismo en la esencia de la prosa. Me di cuenta de que Martínez no sería un autor del que pudiera aprovechar un magisterio narrativo, pero poco o nada me importaba el magisterio a fin de cuentas. Me bastaba y sobraba con leerlo para llegar al estado orgásmico de la lectura.
Años después leí Biblia de Huarango, Cuatro cuentos eróticos de Acarí, Libros de los espejos. Siete ensayos al filo del catre y Abracadabra. Tanto la ficción y la ensayística de Martínez compartían varios elementos en común, no detectaba divorcios temáticos, ni variaciones de estilo, y más de una vez barajé la remota sospecha de que el cambio de registro venía avalado por la manera en que las editoriales presentaban sus libros. Por ello, lo que siempre he creído es que Martínez no estaba del todo preocupado por los registros a abordar, entonces se deduce que lo suyo era la carnalidad de la prosa. Esto nos permite explicarnos la calidad de su literatura hasta en sus contados títulos irregulares.
Por otra parte, Martínez se me presentaba como un autor de armas tomar. Recuerdo sus intervenciones en la sonada polémica entre escritores andinos y criollos, también en los encendidos comentarios que suscitó la publicación de su Copé de Ensayo Abracadabra. A estas alturas, no quiero detallar si Martínez tuvo o no razón en estas batallas discursivas, pero había que ser de piedra o carecer de alma para no haberse sentido tocado por su jodida lengua de acero, cargada de barrio, ironía, humor corrosivo e inteligencia.
Martínez mereció más reconocimiento, es decir, su obra no tenía sentido alguno en el estrecho círculo de conocedores que la condenaron a las miradas antropológicas y sociológicas. En un circuito cultural normal, Martínez hubiese sido un clásico, cuyos cuentos y leyendas formarían parte del imaginario popular, imaginario que no necesariamente debía conocer sus señas personales. Este habría sido el mayor reconocimiento para Martínez.
Y siguiendo la idea expuesta en el primer párrafo, la muerte de nuestro autor vuelve a poner en alto relieve al Grupo Narración, como cantera política, ideológica y literaria. Crucemos información, veamos sus nombres, leamos sus títulos y juzguemos. Si Narración es lo mejor que le ha pasado a la narrativa peruana contemporánea, se debe a los proyectos narrativos de sus integrantes, pensemos en Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez, y ahora en Gregorio Martínez.

… 

Publicado en SB

martes, agosto 08, 2017

en otro lado

Mientras acababa mi jugo de mandarina y granadilla, pensaba en lo que dejó la pasada edición de la FIL. Al respecto, no hay mucho que pensar, porque ha sido la mejor edición en la historia de la CPL. Negarlo, aparte de efectista, es también mentir. Lo dicho no se ajusta a un posible éxito de ventas, tampoco a razón de la asistencia de público, aspectos muy relativos y que solo los ases de las calculadoras asumen como determinantes al momento de dictaminar sus logros y fracasos.
Felizmente, yo me fijo en lo que ofreció la FIL como espacio cultural, destacando, en primer lugar, su oferta bibliográfica, que este año se vio reforzada gracias a libreros (contados, pero son, y no confundamos con vendedores de libros) que decidieron apostar por la calidad en lugar del olfateo comercial. Claro, la feria son sus libros, pero también lo que ofrece su programa de actividades, que se vio recompensada con salas llenas, al punto que debías hacer cola si en caso no encontrabas una silla libre. No hablemos del buen gusto de la infraestructura, al respecto, felicito a Germán Coronado por contratar a un arquitecto capaz, que hizo un milagro: convertir en recorrido agradable lo que parecía un mercado en gestiones anteriores.
Claro, ni hablar de los invitados extranjeros, muchos de ellos escritores importantes y algunos de primera línea, como Leonardo Padura, Jorge Edwards, Juan Villoro, Fabio Morabito, Margo Glantz y Richard Ford. El público respondió a lo que se le estaba ofreciendo. Obviamente, la representación local también tuvo lo suyo, pero en este sentido habría que subrayar la participación de Renato Cisneros, de quien aún no leo su novela Dejarás la tierra. Más allá de eventuales saludos y reparos a su nueva entrega, resulta importante ver a un autor peruano con miles de lectores. Claro, se podría explicar el “fenómeno” en función a su herencia mediática, pero tengamos en cuenta que Cisneros no está ofreciendo un producto plástico, sino uno noble, que como tal, si no conecta con su público potencial, este no dudaría pasar sin más de su libro. La herencia mediática puede ayudar en los inicios de una trayectoria, pero no es determinante en nada. Ya hemos visto otros ejemplos de autores que provienen de los medios y cuyos libros no conocen otro destino que el olvido. Autores como él son necesarios para una industria editorial, a la que permite apostar por plumas que no tienen mucha resonancia. Ocurre en otros circuitos, así es que lo dicho no tendría que sorprender. 
Y siguiendo con los escritores locales, ninguno que participó en esta feria puede quejarse. Todos se sintieron importantes, al menos durante más de veinte minutos. Algunos cumplieron porque se prepararon, en cambio otros no hicieron más que hablar huevadas y prestarse a los mecanismos de la contactología. Además, lo que me quedó muy claro es que la mayoría de nuestras plumas no están contentas con lo que tienen. Felizmente, la literatura está en otro lado.

lunes, agosto 07, 2017


tdp: "destierro"

Texto de presentación, leído el domingo 6 de agosto. Sala José María Arguedas. FIL de Lima.


Buenas tardes.
Antes que nada, me gustaría agradecer a María Fernanda Castillo del Grupo Editorial Planeta por invitarme a presentar la nueva novela de Alina Gadea. El agradecimiento viene por partida doble, puesto que la novela en cuestión es una de las mejores novelas peruanas que he leído en los últimos años (y no hay nada mejor que poder hablar de los libros que te gustan) y también porque la autora es muy amiga mía. El azar hizo su parte, porque María Fernanda no sabía de mi amistad con Alina cuando me preguntó si podía presentar su novela el día de hoy.
Y antes de hablar de Alina y su novela, un dato ¿menor? que no puedo pasar por alto: la portada. De los muchos libros peruanos presentados en esta edición ferial, la portada de esta novela la rompe en su sobriedad y minimalismo. Felicitaciones a su responsable.
*
Lo mejor sería empezar con una pregunta: ¿qué pensamos cuando pensamos en la obra literaria de Alina Gadea? Cada uno de nosotros puede tener su respectiva opinión, pero esta es la mía: Gadea es a la fecha una de las plumas más destacadas de la narrativa peruana del presente siglo. Nos encontramos aquí para celebrar la aparición de Destierro (Emecé del Sur, 2017), pero antes, tengamos en cuenta que su aparición es una consecuencia natural de la obra narrativa que nuestra autora ha ido construyendo desde 2009, año de la aparición de su primera novela Otra vida para Doris Kaplan. Si llevamos a cabo un fugaz ejercicio de memoria, Gadea ha recibido los saludos de la crítica (entre positivos y ambivalentes), la atención de la prensa y, en especial, de los sinceros favores de los lectores.
Pero este reconocimiento no ha sido gratuito, más bien, obedece a una coherencia que la autora mantiene y exhibe en su poética narrativa. Hablamos de su tópico recurrente: la representación del mundo interno de la mujer y sus afanes por liberarse de las estrecheces morales, sociales y emocionales. Por ello, habría que fijarnos mejor en su biografía literaria. En este sentido, ¿por qué Alina Gadea es la tremenda escritora que es? Fácil, al menos para mí la respuesta lo es: la contundencia que vemos en su estilo es lo que ubica a Gadea como una narradora de primera línea. Bien lo señalan los que saben, los maestros, desde Hemingway a Ford: la coherencia del estilo en un proyecto de obra define la poética de los verdaderos escritores. En este sentido, Gadea se propuso en sus novelas taladrar y conmover al lector partiendo de un estilo diáfano, en apariencia aséptico, pero tramposo a fin de cuentas. Lo hemos visto en toda su dimensión en su ya indicada primera novela, también en Obsesión y La casa muerta, y ahora en el título que nos reúne.
En la aparente sencillez de sus recursos narrativos, Gadea ha forjado una obra sólida. Es decir, no hablamos de una pluma vendida a los intereses del mercado, mucho menos a los tanteos de las vertientes estilísticas y temáticas de moda. Gadea ha sabido edificar una comunidad de lectores a cuenta del Gadea Style, o sea, por medio de una claridad expresiva cargada de palabras nerviosas y mucha poesía en sus silencios, en realidad, demasiada poesía, que en Destierro alcanzan cimas que difícilmente vamos a olvidar.
Una muestra al vuelo: “Nos hemos quedado dormidos. La tarde ha caído y yo despierto como quien sale de la reventazón de una ola salada. Él observa la foto de su hijo y el mío junto con los demás niños de la clase… Cierro fuerte los ojos. Tengo miedo de ser una caja vacía. Papel amarillento en un cajón.”
En Destierro asistimos a la potencialidad narrativa de Gadea. Destierro no es un paso más en su trayectoria, es su novela consagratoria que la posiciona como una voz atendible de la narrativa peruana contemporánea, y no solo de la escrita a partir del presente siglo.
Esta novela de poco más de cien páginas es extremadamente peligrosa. En ella, Gadea cuenta mediante una voz quebrada un proceso de separación. Pero aquí el tema, aparte de importante para su linealidad histórica, es solo un pretexto, porque la verdadera protagonista de la novela es su estilo, que canaliza el dolor y la posibilidad de emancipación de la mujer que narra. Gracias a la sencillez de la prosodia, ingresamos a los senderos emocionales de la voz que cuenta, y al contar esta voz ingresamos a una dimensión del horror que supone toda separación, al quiebre emocional que no solo deja daños inmediatos, sino también colaterales.
Mientras leía Destierro, me fue imposible no recordar una idea que esgrime Paul Auster en su novela El palacio de la luna, aquí su narrador Marc Stanley Fogg dice algo más o menos así: “lo más triste no es la pérdida del amor, tampoco el rechazo de la persona que amaste, lo verdaderamente trágico es no sentir absolutamente nada por la persona por la que sentiste amor, ese es el vacío.”
Eso es Destierro, la radiografía del amor que ya no se siente, el amor perdido que en el dolor busca su emancipación y en esa búsqueda el lector de turno se identifica con la voz que narra, viajando en ella por un camino que se manifiesta tortuoso, impactándolo y dinamitándolo. Alina Gadea consigue, gracias a la poética transparencia de su estilo, quebrar los moldes narrativos establecidos. Sin efectismo mentiroso, sin recursos narrativos promocionados hasta el hartazgo el día de hoy y vendidos como “nuevos”, nuestra autora ve justificada su lugar de relevancia en la tradición narrativa peruana. En Alina Gadea, el estilo y la fragmentación son experiencia literaria. 
Muchas gracias.

domingo, agosto 06, 2017

sencillez y asombro

Luego de varias semanas lejos de las novedades de la literatura peruana del presente año, he vuelto con fuerza a ellas. Leo, selecciono y hago notas. En la experiencia, encuentras de todo. Y pienso recomendar, como también llevar a cabo algunos señalamientos, necesarios por cierto, más aún en nuestro contexto literario, que tiene todos los visos del tráfico de hora punta.
De lo leído para sugerir: Demasiada responsabilidad (Literatura Random House, 2017) del narrador y periodista Enrique Planas. No lo pienso mucho: Planas nos ofrece un libro sabio y revelador. Sabio en cuanto a su contenido y revelador en el dominio del registro de su escritura, pausada y ajena de todo efectismo nominal, del mismo modo funcional pero sin protagonismo.
Me gusta este registro de Planas, y me alegra que me guste, porque sus últimos libros de ficción no me estaban convenciendo, y vaya que aún se puede esperar mucho del escritor que fue capaz de publicar en 1996 una novela como Orquídeas del paraíso.
Como ya lo indiqué en su momento, habría que mirar con atención la tradición de los retazos, aquel trabajo que los escritores elaboran en paralelo a sus proyectos mayores, que podemos rastrear en ensayos, artículos, crónicas, reseñas, críticas, conferencias, etcétera. No hablamos de acopio, sino de selección. Y la selección que guía esta publicación yace en la experiencia y la sabiduría que conducen el asombro presente en cada una de sus páginas. 
Nos referimos a un asombro que no es propiciada por las revueltas emocionales del presente desde el que se escribe, a una distancia que nos permite leer textos que ofrecen una contundente madurez discursiva, en donde Planas, aparte de contarnos su vida, nos brinda una enseñanza: comprender al otro mediante sus propias facetas de padre, hijo, joven escritor, esposo, amigo, periodista, escritor que construye una obra y hombre de múltiples inseguridades. Planas se expone como tiene que exponerse un escritor serio: desde la sencillez de la mirada, la misma que podría asegurar a este pequeño libro un lugar de privilegio en la memoria del ocasional lector. Ojalá sea así.

viernes, agosto 04, 2017


sin pronunciamiento

Los días pasan y me extraña que no haya un pronunciamiento claro y firme de la izquierda peruana sobre lo que viene ocurriendo en Venezuela. Más de una vez he barajado la idea –en un claro esfuerzo de buena intención- de que el silencio obedezca a una remota esperanza de cambio. Pero hablamos de un deseo exagerado, inverosímil, que no se sostiene ni en el discurso, ni en los hechos.
En cuanto a los hechos, basta recorrer las calles limeñas para toparnos con miles de venezolanos que venden arepas, café y bombitas, en lo que considero un acto de valentía y riesgo. Así es: vender arepas en el país de la buena comida. Ese solo acto refleja el fracaso de un sistema político y económico de izquierda. Y hablamos de Venezuela, quizá uno de los países más ricos en reservas energéticas del mundo. Los hechos, como tales, son la otra cara de la moneda: el discurso de los valores y principios que sostiene a la izquierda.
A esta maravilla sumemos los ya escasos respetos a las libertades que muestra diariamente la dictadura de Nicolás Maduro. Los muertos también son hechos, que vemos a diario en las redes sociales y en los medios de información.
Por ello: no protestar contra ello es también complicidad. Es ofender los principios. ¿Acaso un izquierdista está incapacitado de criticar un régimen dictatorial de izquierda? Recordemos, en este sentido, la postura de Mario Vargas Llosa contra la dictadura de Augusto Pinochet. Un neoliberal criticando a uno de los peores productos de la derecha. Coherencia, dicen. 
Si la izquierda peruana no se pone las pilas en este tema, mejor vayan haciéndose la idea de que jamás será gobierno. La secuela inmediata de lo que se vive en el hermano país del norte la estamos viendo todos los días y contra ello la verborrea poco o nada puede hacer, así esta venga con las mejores de las intenciones.

miércoles, agosto 02, 2017

no es poca cosa

Los asiduos del blog saben que guardo serios reparos con la manera en que el portal Lima Gris lleva a cabo sus notas informativas. Al respecto, sobran las pruebas de su sinuoso criterio para darlas a conocer. Sin embargo, es justo señalar la diferencia entre la presentación de la información y la cuestión moral de la misma. En este sentido, LG ha tenido muchas veces la razón en sus denuncias, o, en todo caso, ha brindado sospechas razonables sobre los asuntos que critica.
Creo que muchas cosas, y para bien, podrían funcionar en dicho portal si comenzara a hacerlas con estilo informativo, dejando de lado la militancia amarillista y los odios, de los que somos obligados testigos privilegiados.
Dicho esto, considero pertinente que se ponga atención a esta nota del portal. En ella se da cuenta de un hecho que no tendría que pasar desapercibido: las resoluciones del Ministerio de Cultura que favorecen a la empresa privada.
Lo sabemos, en la gracia de lo implícito: de las muchas funciones de este ministerio, la más importante es proteger el patrimonio cultural peruano. Por ello, sorprende que el ministro del sector, Salvador del Solar, no se haya pronunciado al respecto tras el incidente en la FIL con Edwin Cavello, director de LG. Lo que Cavello le pregunta mereció una respuesta inmediata o un compromiso público que a la brevedad lo lleve a aclarar si es verdad o no que bajo su ministerio se viene actuando en pared en asuntos que no corresponden a su naturaleza. 
Las formas, sin duda, debieron ser otras, pero el tema de fondo no es poca cosa, en absoluto.

sueño

Horas atrás, mientras me encontraba en la presentación de un libro en la FIL, luchando con el sueño que arrastraba desde el mediodía y deseando un café, recordé de súbito un cuento de una antología peruana-venezolana de narrativa última. Tenía fresco el recuerdo de aquel relato porque estaba ambientado en las calles del centro y porque sus personajes eran estudiantes de danza moderna en una academia, de las pocas que sobreviven aún en los recovecos de esa parte de la ciudad.
El cuento iba sobre el desamor y la pasión, el sentimiento del amor no correspondido como nutriente de la prosa que canalizaba una sensibilidad nerviosa. Su autora, una colombiana que radicó un tiempo en Lima, conseguía en el texto una inicial conexión con el lector, ubicándolo en una conocida geografía urbana. Aunque intuía el final del cuento, era lo que menos me importaba. Me fijaba más en los nudos de la representación y verosimilitud que tenían que manifestarse en las noches de exceso pautadas por el trago, el deseo de los amantes y la sola esencia de pasarla en las calles aledañas a la Plaza San Martín. Me gustó, pero también la autora revelaba una mala administración de sus recursos narrativos, idealizando en extremo a su protagonista y encorsetando a sus dos amantes en inverosímiles ideales sobre el amor, la pasión y la amistad. Como historia prometía y sus defectos no obedecían a la falta de talento y oficio narrativo, sino a algo que considero peligroso: el excesivo cuidado de lo que se relata, me refiero a una mirada sumamente reservada, carente de arrojo, lo cual es penoso, porque la autora sí es de aquellas que tienen mucho por decir. 
Ya desconectado del recuerdo de aquel cuento, escuchaba la participación de los presentadores del libro, aunque veía de cuando en vez la hora en el cel. No quería mostrarme majadero yéndome en plena presentación, hasta barajé la posibilidad de llamar a una amiga o pata que daba vueltas por la feria para pedirle un servicio de entrega de café en la sala en la que me encontraba. Pero no, no había nadie cerca, así es que no tuve otra opción que quedarme y luchar contra el sueño mediante una fuerte respiración e irguiéndome lo más que podía. Me encontraba cansado porque debía aguantar el sueño hasta las once de la noche y así poder dormir y levantarme temprano en estos días de la semana, en los que participaré en algunos eventos de la FIL, en horarios de tarde noche que cumpliría a medias bajo mi régimen (a)normal de descanso.

martes, agosto 01, 2017

británico modo

Tras la irregular quinta temporada de House of Cards, consideré conveniente ver la homónima serie inglesa que la inspira. Lineal e hipnótica en su sencillez. Así califico la visita a sus tres temporadas (House of Cards, To Play The King y The Final Cut) de cuatro capítulos cada una.
Si para ejercer justicia es necesaria la exageración, pues seamos exagerados: la fuente que nutre a su exitosa versión norteamericana es una pequeña obra maestra de la actuación.
No es para menos, lo que brilla en los personajes principales y secundarios no es la obvia configuración moral de los mismos, sino la manera en que cada uno de ellos se desenvuelve a medida que se desarrollan las respectivas tramas y subtramas. Somos testigos de actuaciones pulcras, pero corrosivas, ajenas de efectismo, divorciadas de la escabrosidad, representadas en Frank Urquhart (Ian Richardson en un rol extraordinario, por decir lo menos), que aprovecha la crisis del Partido Conservador para llegar al poder, crisis agravada por la poca aceptación de la población inglesa, dividida entre aceptar o no un cambio de rumbo político y económico a razón de la dimisión de Margaret Thatcher. Urquhart, estimulado por la endeble muñeca política de los líderes de turno, usa todas sus fichas para conseguir su propósito. Del mismo modo presenciamos el toque distintivo de la actuación de Richardson, que a diferencia de Kevin Spacey como Frank Underwood en la versión norteamericana de HOC, no solo dirige su mirada a la cámara para mostrar la dimensión de su cinismo y ambición, sino también su fino humor e inteligencia, aspectos que en el curso de los capítulos terminan por seducir al espectador, que se entrega a la expectativa por ver cómo dice las cosas.
El ascenso, el apogeo y la caída, las metáforas de cada una de estas tres temporadas. Urquhart representa, a diferencia de Underwood, la ambición del poder por cuenta de alguien que siempre ha tenido poder y posicionamiento social. Por ello, hasta sus planes más oscuros por derrotar, o, dependiendo el caso, humillar, a sus enemigos, ponen en bandeja un respeto por formas estratégicas de aniquilamiento y desprestigio que podemos rastrear en una selecta y conocida tradición británica de novelas policiales, y en menor medida en las de espionaje. Saliendo un instante de la serie que nos convoca, indiquemos que la radiación de esta tradición policial también la podemos encontrar en series actuales como la adictiva, y mastodóntica, Hinterland.
En cada decisión de Urquhart, incluso en momentos cuando su imperio corre el riesgo de quebrarse, hace alarde de un detallado control de la situación, lo vemos en los recuerdos que lo acechan por un asesinato cometido años atrás en Chipre, aun en la existencia de una grabación de audio que lo delata como el asesino de la joven periodista Mattie Storin (Susannah Harker). Urquhart es un ser extremadamente peligroso, pero con refinado estilo de conducta.
Las mujeres cumplen un rol fundamental en cada una de las tres temporadas. Acabamos de mencionar a Storin, pero también incluyamos a las asesoras Sarah Harding (Kitty Aldridge) y Claire Carlsen (Isla Blair), aliadas de Urquhart, a quienes usa y, llegado el momento, deshecha. Caso contrario sucede con su esposa, Elizabeth (Diane Fletcher), que en la mayoría de capítulos funge como una especie de insoportable holograma, que no incomoda ni fastidia a su esposo, por el contrario, apoya cada uno de sus actos, a saber, estimula sus encuentros amatorios con Storin y Harding.
Esta serie de la BBC, emitida en 1990, es un tácito reflejo de la ambición política llevada sin escrúpulo alguno. En este sentido, el espectador no encontrará nada por descubrir, incluso en temas que en aquel entonces se pensaban a manera de remotas posibilidades, como la existencia de la Unión Europea. Sin embargo, es el señalado tratamiento histriónico lo que la hace diferente, ubicándola como una memorable comedia sobre el poder. Ya hablamos de Urquhart, de su esposa y amantes, pero también tengamos en el radar a su peligroso cómplice Tim Stamper (Colin Jeavons), El Rey (Michael Kitchen) y  Tom Makepeace (Paul Freeman), potencial enemigo que no solo quiere su puesto de Primer Ministro, sino también destruirlo. Esta galería de personajes secundarios es un rico crisol histriónico que no desentona ante la sombra que Urquhart proyecta sobre ellos y, por supuesto, en toda la serie.

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En SB

lunes, julio 31, 2017