martes, septiembre 26, 2017


lunes, septiembre 25, 2017

reeditar

De los libros que tendrían que reeditarse, si en caso me hicieran una pregunta al respecto, no lo pensaría mucho, aunque su vuelta signifique llevar a cabo una promoción inicial de su autor, del que pienso no es muy ubicado por los nuevos lectores. Al menos, esta es la impresión que tengo ahora que el imaginario literario está pautado por la fiebre de la novedad editorial, el nacimiento del clásico de estación.
¿Se acuerdan de las ediciones de Alfaguara, aquellas plomas y moradas de cubierta pastosa? El lector con biblioteca, sin duda las recordará. En tal sentido, no son pocas las joyas ocultas que allí podemos encontrar, como un título que un par de veces he mencionado en este blog, me refiero pues a Parejas, transeúntes (1986) del alemán Botho Strauss.
El fragmento y la epifanía del fragmento. Libro sin hilo temático definido, en el que estilo y mirada convergen para captar el detalle, el recuerdo y motivar la crítica. Todo es válido para Strauss: el calmado carácter polémico en estas páginas, al que asistimos por medio de un discurso engañoso, por momentos muy reflexivo (grata experiencia), preparando así su actitud contestataria, acomodando al lector para el golpe; y cuando no sentimos el final de su puesta en escena, regresamos al inicio y mitad de los fragmentos, a la caza de la revelación perdida.
Quizá estemos ante un dietario del hartazgo, pese a que su estructura no nos lleva a pensar en un diario. Sin embargo, esta impresión descansa en la libertad que tuvo Strauss para escribir este proyecto y, ante todo, en la libertad del lector para leerlo y volver a él cuantas veces le apetezca sin la guía imperativa del orden. He allí su esencia de libro inacabable, más allá de sus divisiones en Parejas, Tráfico, Escrito, Tiniebla, Los individuos y El loco por el presente, que asumimos como una cuestión de trámite editorial, con o sin ellas, el curso de la escritura no se condiciona. 
Se deduce entonces que Strauss no calla nada, sus señalamientos a la frivolidad del hombre contemporáneo, su revisión de la historia alemana, su postura ante la fuerza de la escritura (no dejarse contaminar por las tendencias), su ironía ante los círculos literarios y culturales, entre otras características, convierten a esta publicación en un documento subversivo y un testimonio para intelectuales y creadores: hoy en día, decir lo que se piensa es un privilegio.

sábado, septiembre 23, 2017

era mejor

Mañana de sábado.
Me encuentro en la BNP, se supone que estaría en la Hemeroteca, pero cuando me disponía a ingresar, alguien me llamó.
Era la voz de un joven llamado Roberto. Supongo que su edad fluctúa entre los 18 y 20 años. Me dijo que estudia Literatura, pero no le pregunté en dónde, aunque, pensándolo bien, es una información que me interesa muy poco.
Pienso en lo que me preguntó, pero pienso también en el hecho que determinó que me llamara mientras cruzaba lentamente el pasillo central de la BNP, en aquel acto que significó la demora a mi destino: un espresso largo de máquina. De no haber pasado por esa máquina de café, este joven lector no me hubiese visto.
Su pregunta hizo que pensara al vuelo, y ahora que terminé mi primera sesión de investigación, considero que puedo reforzar la respuesta que le di con respecto a la escritura literaria peruana: “¿hoy escribimos mejor que antes?” 
No hay mucho que discutir, al menos para mí, se está escribiendo mejor que hace un par de décadas, salvo excepciones como Bellatin y Prochazka. La pregunta del eventual amigo descansaba en lo que venía escuchando y leyendo sobre el “buen momento de la narrativa peruana actual”. Entonces, hasta cierto punto, mi respuesta se ajusta a la impresión común. Sin embargo, habría que leer los adelantos de novela y cuentos publicados en revistas las décadas del setenta y sesenta. Por ejemplo, pensemos en los textos de ficción de Hueso Húmero. De lo leído, no es muy complicado detectar un trabajo en la escritura de los narradores de entonces, pesadez en la prosa y fluidez en la narración, características obvias de oficio, comunión hoy ausente, que generan extraña sensación en el lector tardío, porque muchos de esos textos quedaron en las páginas de la revista, es decir, no conocieron su destino en formato de libro. Allí encontramos voces conocidas, otras inubicables, que en comparación a lo que leemos hoy, someten a contradicción, o en todo caso exigen reformulación del discurso, al “buen momento narrativo actual”.

viernes, septiembre 22, 2017


cotidiana libertad

En la madrugada, antes de irme a dormir luego de acabar con algunas notas sobre un libro de ensayos de Jonathan Lethem, libro que he leído dos veces y que en la tercera lectura simplemente no quise terminar, puse en la lectora Vivir su vida de Godard. No sé cuántas veces la he visto, pero de lo que sí estoy seguro es que no la dejaba correr desde hacía más de un año. Hubo un tiempo, en esos años de aprendizaje salvaje y pautado por la impresión primeriza, que veía de dos a tres películas diarias, pero con Godard desarrollé un tipo de dependencia emocional, lo que no quiere decir que me gustaran todas sus películas, solo cuatro o cinco, según recuerdo.
Por ello, el solo hecho de verla, de volver a escenas como la de Anna Karina en la rockola, hizo que rebobinara situaciones, ahora casi borradas, de aquellas noches interminables en ciertos bares del centro hoy extintos. En lo personal, nunca me gustó esa escena de la rockola, pero las imitadoras de Karina sí asumían su rol, creyentes de la epifanía godariana con derecho a copia, prerrogativa permitida, para algunas, antes de los 25 años.
Al respecto, días atrás me encontré con una de las imitadoras de Karina, iba caminando con su novio y me quedé algunos minutos conversando con ellos. Entre la información compartida, me dijo que tenía cinco meses de embarazo, cosa que me alegró. Sin embargo, y en verdad no sé por qué, mencioné esta película de Godard, entonces, ella, en menos de un segundo, zanjó su parecer, diciendo que su gusto por Godard había sido un error de juventud. ¿Error de juventud? Quedé en silencio, pero a cuenta de que lo dicho es una extensión de un discurso que vengo escuchando entre las flacas y patas de mi generación. Pensé en lo que dijo, mientras le hablaba cualquier huevada, y con sumas y restas, siento que no tengo “errores de juventud”, y no porque me sienta orgulloso de lo hecho, sino porque no tengo la costumbre de someterme a recuentos vitales, práctica por demás insustancial. 
Ese encuentro al paso en Magdalena motivó que buscara en mi colección esta película de Godard, que dejé correr mientras acababa lo de Lethem y que volví a ver, sin duda, sorprendido, por sus escenas (incluso las que no me gustan), preso de su aparente sencillez formal y su agria sensibilidad, detalle que, en la mayoría de los casos, definía la esencia de las películas de la Nouvelle Vague. Precisamente, la agria sensibilidad de esta película es lo que aún me genera conexión con ella, haciéndome partícipe del aliento de cotidiana libertad que sigue transmitiendo, libertad que más de uno/una llevó a sus extremos y que, por circunstancias actuales, no quieren volver a recordar.

jueves, septiembre 21, 2017

berrinche y bajeza

En la mañana de ayer miércoles, mientras realizaba unos papeleos en San Borja, ocurrió un espectáculo pestilente en el medio literario peruano, protagonizado, para variar, por sus nuevos protagonistas.
Lo he dicho más de una vez: el escritor peruano actual se encuentra en campaña y está dispuesto a no quedar fuera de esa galaxia del relevo que viene caracterizando a la narrativa peruana del siglo XXI. No importa cómo, pero tienes que estar allí, y en pos de ello, todo vale, incluso puedes meterte a esa galaxia por la puerta de servicio, pero lo jodido es que ni esa entrada te garantiza reconocimiento literario, porque para merecer tal galardón se necesita obra y obra coherente es lo que falta, situación que ahueva a muchos, que creen que fama es sinónimo de reconocimiento.
La narrativa peruana actual está infestada de famosos sin reconocimiento. Por eso vemos a sus protagonistas haciendo de las suyas en las redes sociales, como infatigables actuantes del parecer. Obvio, lo más fácil en el sinuoso sendero artístico es parecer, su puesta en escena no requiere de mucho esfuerzo, solo basta materializar una red de contactos y cerrar el hocico ante aquello que atente contra tus intereses de fama, sin importar que esta sea virtual, porque todos los caminos son válidos si se quiere alimentar el ego a costa de la literatura.
Una de las ramas del parecer es la paulatina práctica del escueleo, el escueleo del famoso escritor peruano. Es decir, el escueleo del Don Nadie. En lo personal, aceptaría (y eso) el escueleo si detrás del profesor de ocasión hubiera una obra reconocida, legitimada en el favor y la discusión del lector. Pero no. No hay eso. Hay mucho autor ahuevado que por ser la estrella de una editorial independiente o el fichaje de moda de un sello grande se alucina con el derecho de subestimar a los lectores. Si de escueleos hablamos, yo soy alumno de los libros de ensayos literarios de Miguel Gutiérrez, Alonso Cueto, Sergio Pitol, Ricardo Piglia, Enrique Vila-Matas, Mario Vargas Llosa... Lo demás es cachina.
Eso es lo que vi a destiempo en la mañana de ayer: la práctica del escueleo que se transforma en bajeza.
Dos protagonistas: Chalina suicida y Chiboliné du France.
La doble Ch.
Jack Martínez es buen escritor. Y en base a esta consideración, te digo lo siguiente, querido Jack: no la cagues más. Tu error es creer que siendo un chico bueno puedes ser bacán. Y no, ese no es el camino, sino mira el actual estado de nuestro común amigo/conocido “Mosquetero sucio”. Siendo como eres, un chico bueno, puedes llegar a escribir y publicar los Libros que más de uno espera de ti.
Del escueleo de Martínez, pasamos al escueleo de Chiboliné du France, es decir: el escueleo del escueleo.
Nuestro maestro de ceremonias de la posería literaria quiso llamar la atención a partir de un estado de face de Martínez. Sin embargo, esto fue insuficiente (no olvidemos que solo ChdF es capaz de superar a ChdF), su ego exigía más, su crítica a Chalina resultó un mero pretexto para el ataque, cumpliendo su intención: la ventilación de la bajeza, el cobarde maltrato a terceros que nada tenían que ver en su falso llamado de atención.
No es nada difícil entender esta actitud recurrente de ChdF. Veamos: sus estrategias de posicionamiento han fracasado una tras otra. Lo imposible, solo en la mente de ChdF, es posible: anhela ser profeta en su tierra, conseguir el reconocimiento que nadie quiere otorgarle, por esa razón somos testigos de frecuentes carpetazos cuando, a saber, no lo invitan a festivales (el Hay Festival de Arequipa), ni hablar de sus críticas a mafias literarias y culturales, cuando por lo bajo llama a editores de diarios para exigir un espacio de promoción (diarios que en su cuenta de face sindica de mafiosos y argolleros, por demás). ChdF no se ha dado cuenta de que los peruanos somos intuitivos para detectar la atorrantada, es decir, sabemos diferenciar el chancho del chicharrón. También sabemos reconocer su mentira, aquella que no se cansa de ventilar: su novela La procesión infinita la rompe en ventas cuando en realidad los ejemplares de la misma son torres que sirven de apoyo si alguien quiere amarrarse las tabas (hay que calmar a la pequeña bestia: conozco escritores que en un día han vendido más que ChdF en tres meses de esmerada promoción). No se ha enterado del verdadero poder de la Radio Bemba, o en todo caso se hace el huevón: el lector manifiesta su veredicto y contra ello no se puede hacer nada. Es que ChdF no busca lectores, busca acólitos. ChdF no aspira a narrar, su objetivo es ser narrador.
Más: días atrás nos informó, muy a su estilo, de la existencia de un artículo en el que se destacaba la “valía” literaria de su novela (bien por ChdF), sin embargo, hubiera consignado la información de que tanto el autor del texto y él pertenecen al mismo sello editorial (ver aquí), cosa que desechábamos cualquier sospecha de trabajo/arreglo bajo la mesa, arte en el que nuestro Piquichón ha demostrado ser muy eficiente. Pero donde ha destacado como todo un capo, un experto, un gigante, un crack, es en el arte del berrinche. No lo vamos a negar: sus pataletas son graciosas. 
Dicho esto, espero que mi causa ChdF recapacite, se porte como un caballero, pida las disculpas respectivas (aunque sea por inbox) y así olvidemos este bochornoso capítulo… Haremos ese esfuerzo.

miércoles, septiembre 20, 2017


lluvia

Me desentendí del mundo virtual ayer martes. Pasé toda la tarde en la hemeroteca de la BNP. De allí, golpe de siete de la noche, me dirigí al Cineplanet de San Borja para ver La hora final, película de la que venía escuchando y leyendo polarizados comentarios. Mi idea, en principio, era ver el trabajo de Mendoza y empalmar luego con It, la adaptación de la mastodóntica novela de Stephen King. Sin embargo, a medida que caminaba a La Rambla, notaba que las calles iban quedando vacías a causa de una incansable lluvia, que viene manifestándose desde hace varios días a esas horas, conocidas como “hora punta”. Me gustó esa sensación, no solo porque me gustan la lluvia y el frío, sino porque permiten que las calles queden libres de personas.
Llegué al centro comercial y subí por la escalera eléctrica. Mi intención era llegar  cuanto antes y comprar mi entrada para la función de las ocho. De salirme todo bien, tendría tiempo para tomarme un café y revisar tranquilo mis correos y mensajes de Inbox. Algo intuía, desde que lancé mi reseña sobre el libro que reúne los cuentos de Pilar Dughi, que esta iba a generar opiniones encontradas. Saqué mi entrada y fui tras un café. Me acomodé en la silla y revisé lo que tenía que revisar. Entre los mensajes recibidos, un amigo me comunicó que las feministas me estaban fusilando. Entré pues a mi cuenta de Facebook y vi los comentarios que incidían en el texto previo a la reseña en sí. Sobre la reseña no había mucho que objetar, traté de brindar un panorama de las características que identificaron el proceso narrativo en la cuentística de Dughi, destacando cimas y señalando bemoles.
Lo que uno escribe no puede agradar a todos, pero siempre es saludable la discrepancia. Sin discrepancia argumentada, no hay polémica fructífera. En lo personal, prefiero la discrepancia a la intolerancia a la opinión contraria (muy de redes sociales). Cuando la intolerancia pauta un potencial cruce de opiniones, opto por lo mejor, lo correcto: no entrar en ese vicioso círculo discursivo. 
Salí de mis cuentas virtuales y terminé el café. Bastó levantar la cabeza para ser testigo del considerable vacío que ahora se apoderaba del centro comercial. Caminé hacia la sala en la que iba a proyectarse la película. No era la última función y me extrañó la poca gente que había en la fila. En realidad, no era necesario formar parte de una para entrar. Entonces, celebré la situación, que me presentaba un posible milagro: poca gente, es decir, no muchos se atreverían a usar los móviles en plena proyección, el mal gusto y la deseducación como costumbre.

martes, septiembre 19, 2017

los cuentos de pilar dughi

Entre los libros que se presentaron en la pasada edición de la FIL, hubo uno que despertó el entusiasmo de los lectores, al punto que la prensa cultural no demoró hacer eco de su presentación. No era para menos, puesto que si hay una obra que merece conocerse, apreciarse y, en especial, difundirse lo más que se pueda, esa obra es precisamente la de Pilar Dughi (1956 – 2006).
Sin embargo, luego de la algarabía ferial, las cosas han vuelto a su normalidad: visibilizar libros menores y celebrar refritos que no interesan a los lectores de verdad. No hay excusa: no dar cuenta de la poética de Dughi, aparte de un acto de mezquindad, es todo un reflejo del síntoma que identifica al circuito cultural limeño: la ignorancia, de la que somos testigos gracias a sus escritores que luchan por el guindón de la torta del reconocimiento y periodistas culturales (o llámalos reseñistas pura vida) que más parecen impulsadores de las grandes y pequeñas editoriales.
La obra de Dughi debe difundirse mediante los medios tradicionales y virtuales. Su poética ya es merecedora de nuevos lectores, que como tales, la asumen como una voz lejana, cuando lo cierto es que su propuesta narrativa es una de las pocas cosas honestas que le ha pasado a la narrativa peruana contemporánea.
*
Todos los cuentos (Campo Letrado, 2017) es no menos que un acontecimiento, por la sencilla razón de que los libros de Pilar Dughi venían siendo esquivos para no pocos lectores. Lo curioso es que no hablamos de una obra publicada hace mucho tiempo. Si la vemos en el arco temporal desde que esta se dio a conocer, sus libros aún tendrían que hallarse en los anaqueles de las librerías del circuito o, en todo caso, ubicarlos en las librerías de viejo/segunda mano. Algo pasó con la obra de Dughi, se perdió o, a lo mejor, ande por allí extraviada, fondeada.
Resulta imposible no someter a cuestionamiento la narrativa de Dughi. Eso fue lo que hice, volver a la autora y colocar en balanza su primer cuentario, La premeditación y el azar (1989), que publicó a los 33 años. ¿Cuánto ha resistido el libro? ¿Acaso seguirá vigente? Preguntas necesarias para acercarnos con seriedad a una poética que no tiene que ser valorada en la indulgencia emotiva, sino en la seriedad que, sin duda, ella hubiese demandado.
La primera impresión que tenemos tras la lectura es que nos hallamos ante un primer libro marcado por la madurez de oficio. No se percibe en él ningún atisbo de apuro, que colegimos mediante la seguridad de la prosa y la profundidad temática. Este libro nos pone en bandeja una voz encontrada presente en los 15 cuentos que lo componen, pero ello no nos libra de encontrar algunas irregularidades a causa de la excesiva cautela de la autora al momento de narrar, pecando de cerebral en situaciones que merecían un mayor nervio emocional. Pienso en los cuentos “El canto de la mariposa”, “Uno de los trece” y “La víspera”. Pero no puedo ser ajeno a sus cimas, como “La noche de Walpurgis”, “El desayuno”, “El mensaje” y el homónimo que titula a este cuentario.
Como se indiqué líneas atrás, nos preguntamos por su vigencia y lo cierto es que un libro de esta factura, ciñéndonos a los caprichos de la especulación, la estaría rompiendo y formando magisterio de haberse publicado en estos años del nuevo siglo. Escuela en dos caminos que convergen: el talento que se trabaja (escribir es picar la roca) y la ética creativa.
Seguimos recorriendo estas páginas e ingresamos al segundo cuentario: Ave de la noche (1995). Aquí Dughi confirma lo que intuíamos en su primer libro: su señalado oficio, pero al que añade un elemento más, o, en todo caso, un refuerzo a la hora de perfilar a sus personajes: la profundización en la condición humana de los mismos. Al respecto, suele destacarse que en estos cuentos (15 también) la autora puso de manifiesto su conocimiento de psiquiatría, pero la relectura nos brinda otra dimensión: el poco favor que se le hace a Dughi trayendo a colación este conocimiento, que se justifica en la biodata, pero no en la experiencia literaria. Aquí nos preguntamos lo siguiente, inquietud que la mayoría sentimos con los cuentos de Julio Ramón Ribeyro y el primer cuentario de Guillermo Niño de Guzmán: ¿qué cuento es el menos bueno? Razones no faltan, en cada texto la autora refulge gracias a su mirada y oído privilegiados y a su oceánico saber humanístico. Su capacidad para escrutar la vemos en los pequeños y grandes detalles, no necesariamente asociados a la parcela de la cotidianidad, como sí en su libro debut. Hablamos de un libro consagratorio, justificado en cuentos como “Lector in Fabula”, “Orbe Novo” (atención en la contundencia de su brevedad, la misma que en el primer cuentario se mostraba de irregular), “Conciliación”, “Parábola de Cervantes y Lope”, “Dime sí”, “Las chicas de la yogurtería”, “Naranjos y limoneros” y “El cazador”.
En 2008 publicó La horda primitiva, cuentario póstumo en el que hallamos las confluencias de los senderos recorridos en los dos títulos precedentes. Si el primero se identificaba por la seguridad de la prosa, el segundo por la acuciosidad de la voz (y la mirada), en el tercero se afianza el tema. Hay pues un aliento a descomposición anímica, que no solo debemos asociarla a la metáfora de la enfermedad. Sea por las situaciones contadas y el perfil de los personajes, Dughi nos muestra un mural de la degradación. Por otra parte, aunque este volumen no exhiba el engañoso voltaje verbal de La premeditación…, somos tranquilos espectadores de un dominio narrativo en estado de gracia. Seguramente, para muchos este no es el mejor libro de la autora, sin embargo, para quien escribe estas líneas lo es. La perfección formal (y no solo me refiero a las leyes a cumplir en un género tan jodido como el cuento), la tersura de la prosa y los constantes guiños al lector que nos llevan a buscar diálogo de influencia con la tradición narrativa del hastío que hallamos en Bartleby de Melville y los relatos de El muro de Sartre, nos entregan un aspecto que pocos libros peruanos de ficción ofrecen: la posibilidad de aprender a narrar. Si el “exceso” (para la media en cuentarios) en número de cuentos era su marca, ahora nos entrega siete que transitan entre el encapsulamiento de la dictadura de la novela corta y la perfección poética. Nos enfrentamos a una Dughi recargada, que ha escrito pensando en ella misma y también en el lector pero sin subestimarlo. Por esta razón, cuentos como “A mí no me importa”, “Los guiños del destino”, “¿Alguna novedad?” y “Aeda” nos obligan a realizar más de una lectura simbólica, esto, como segunda experiencia luego de la contundencia argumental y dicha estilística que prodiga la escritora.
En la sección Cuentos no recogidos en libros solo tenemos uno: “Solitarios bajo la nube estival”, publicado en el primer número de la revista Diégesis (2001). Cuento que cumple en su ley y en su oscura revelación de las ilusiones perdidas de los jóvenes de la generación de la protagonista, la del ochenta; sin embargo, no podemos equipararlo con aquellos que sí fueron publicados en libro.
No me equivoco, ni caigo en la exageración: Todos los cuentos es una de las mayores publicaciones del año, le da brillo y color a la palidez narrativa que signa a la narrativa peruana en estos meses. Lo saben los lectores de Dughi y los lectores que aprecian la buena narrativa.
Y para terminar, el mensaje a la conciencia: hay que escribir de los cuentos de Dughi, también de la reedición de su novela Puñales escondidos (Cocodrilo Ediciones, 2017). En otras palabras, redefinir la estrategia: charlas, conferencias y mesas redondas solo interesan a los que ya saben de su obra, pero no despiertan la más mínima atención en los nuevos interesados en narrativa peruana y para ello es necesario copar lo primero: el registro de la difusión. Los reseñistas pura vida y las activistas del feminismo local tienen por delante una tarea, placentera como tal, puesto que nos estamos refiriendo a una tremenda narradora peruana.

… 

En SB

lunes, septiembre 18, 2017


domingo, septiembre 17, 2017

la voz de dfw

En la narrativa contemporánea tenemos dos referentes ineludibles para las últimas generaciones de lectores y escritores. Se entiende que su valor literario sustenta la señalada referencialidad, pero en el caso de ambos no es garantía de radiación (hay algo más). Hablamos de autores que ejercen un hechizo más allá de la experiencia de la lectura. Por eso, las inquietudes se imponen: ¿cómo llegaron a convertirse en focos de atracción cultural?, ¿por qué nos topamos con muchas personas que los admiran sin necesidad de haberlos leído?, ¿por qué más de un escritor los imita, sin importarles quedar a vista de la platea como parodias de una postura que, por su naturaleza forzada, deviene en caricatura? Se discute y se ha escrito mucho sobre esta radiación, de la que se viene encontrando un inicial consenso en cuanto al espíritu pop que identifica a estas poéticas.
Lo cierto es que Roberto Bolaño (1953 – 2003) y David Foster Wallace (1962 – 2008) se han convertido en noticia a razón de su radiactividad. Cualquier dato que aparezca sobre ellos, así sea inane, termina adquiriendo una relevancia que pone a trabajar a la prensa cultural. La situación se potencia ante la aparición de un libro póstumo. Cuando es así, la maquinaria editorial despliega el poderío de su logística promocional, que no necesariamente nos asegura la calidad literaria del producto presentado, pensemos al respecto en El futuro de la ciencia ficción de Bolaño, novela menor por donde se mire, pero que colma las expectativas de los seguidores del chileno.
Habría que preguntarnos por el cuidado de la obra póstuma de estos autores. En mi opinión, la del estadounidense está más protegida de los intereses comerciales. Mientras tanto, sus lectores haríamos bien en leer lo mejor que se ha escrito sobre ellos. De lo publicado, pienso en el ensayo Excepción Bolaño de Francisco Carrillo, en Bolaño Salvaje de Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón, también en Todas las historias de amor son historias de fantasmas, la biografía de DFW a cargo de D. T. Max, y Conversaciones con DFW de Stephen J. Burn.
A este selecto grupo sumemos Aunque por supuesto terminas siendo tú mismo. Un viaje con David Foster Wallace (Pálido Fuego, 2017 / Traducción de José Luis Amores) del periodista y escritor norteamericano David Lipsky. Seguramente, más de un lector, o interesado, se dejará llevar por la adaptación del libro que hizo James Ponsoldt en The end of the tour (2015), lo que nos obliga a manifestar nuestra verdad: la película como tal es malísima, aburrida, estereotipada, además, recoge muy poco el espíritu del libro que la inspira.
Dicho esto, señalemos que estamos ante un documento literario. Lipsky, siendo un joven periodista de Rolling Stone, entrevistó en 1996 a DFW durante el tramo final de la gira promocional de La broma infinita, novela que lo consagró como el escritor más importante de su generación. Se suponía que Lipsky haría un extenso reportaje de aquel encuentro con la estrella literaria del momento, pero esta no vio la luz. Más bien, los audios de sus conversas con DFW estuvieron guardados por años y su publicación en formato de libro obedeció a la fiebre que suscitaba la leyenda dejada por el escritor tras su muerte.
Lipsky, en onda con la escuela reporteril de RS, nos entrega más que una semblanza: un viaje al vientre de la ballena. Cuando se le encomendó la comisión, Lipsky sabía de la fama que corría sobre su entrevistado, de entre todas las señas recogidas, una se erigía como el lastre mayor: la involuntaria capacidad de DFW para absorber a las personas. Advertido sobre ello, el periodista supo que poco o nada obtenía si lo abordaba partiendo de su condición de escritor. Si algo había que hacer en pos del éxito de la empresa,  en la que conviviría con la estrella, esta no era otra que apostar por la naturalidad, de la que somos testigos en el primer contacto visual entre el periodista y el escritor. DFW sabe a lo que se enfrenta y no duda en pedirle que no tome en cuenta lo que declara: “necesitas saber que cualquier cosa que cinco minutos más tarde te pida que no la pongas, no vas a ponerla”. Lo que parece una suerte de orden, no es más que una muestra de la fatiga que el autor venía sufriendo tras semanas de viajes promocionales. Lipsky entiende el mensaje y su estrategia inicial no puede sino ser más que privilegiada: comienza a preguntarle por la situación en la que se encuentra con sus vecinos de barrio, de cómo se siente que ellos estén ante un escritor que es visto como una estrella de rock. En otras palabras, el periodista ejecuta su plan aprovechando el hartazgo de DFW, puesto que si hay algo que desea con todas sus fuerzas, es precisamente finalizar de una vez la promoción de LBI. DFW no tiene salida, no estará ante una entrevista, sino ante alguien que vivirá y viajará con él durante cinco días. DFW claudica, las pocas fuerzas que tiene no las va a invertir en Lipsky, lo que le genera alivio y, por lo tanto, una soltura discursiva que le permite explayarse en todos los tópicos que le propone el periodista.
Aunque por momentos la estrella se percata de que está ante una entrevista en la que cada concepto podría ser usado como elemento del reportaje, se deja llevar por Lipsky, quien aprovecha ese privilegio que le depara la vulnerabilidad anímica del autor. Gracias a ello, somos testigos de fobias, frustraciones frívolas (al menos, ante tanta atención de los medios, alguna fan se iría a la cama con él), de su admiración por escritores tan disimiles como Stephen King y William T. Vollmann, sobre su intención de escribir sin dejar de ser complejo en la escritura y de esta manera llegar a la mayor cantidad de lectores, del mismo modo desmitifica señas de identidad que enloquecen a sus seguidores, a saber, el uso de la bandana, etc. Nuestro autor habla de sus intentos de suicidio, datos que el periodista usa con inteligencia, ya que no incide en la truculencia del detalle, sino en la contundencia del silencio de DFW.
Se ha indicado que este libro podría leerse como una obra de teatro. Pero no entendamos tal característica como una puesta en escena en la que cada quien habla sabiendo que lo expuesto será apreciado por otros. Tal relación se ajusta a su dimensión dialógica que se nutre de la generosidad emocional e intelectiva, y por momentos moral, que nos recuerda en parte a otro clásico de la conversa: El mundo según Hitchcock de Francois Truffaut. En otras palabras: Lipsky nos pone en carpeta la voz de DFW, una oralidad cotidiana sin afeites, ni poses de autor en insoportable manifestación de inteligencia y cultura. DFW, aunque no lo dice, se asume como un gran escritor, pero poco o nada le sirve presentarse como tal (no piensa en estrategias para afianzar su posicionamiento), puesto que su mundo es otro, más complejo y jodido.
No exageraría si destaco el presente libro como uno de los mayores títulos que pasan revista a la vida y obra de  DFW. Sus páginas reflejan su ética creativa, la misma que los lectores del norteamericano intuyen y que aquellos aún no lo leen van a reconocer.

…  

En SB

jueves, septiembre 14, 2017

documento poético

Lo sabemos: el prestigio de la literatura peruana descansa en su tradición poética. Por eso, siempre me extrañará que no existan suficientes espacios para su difusión, al menos eso es lo que he notado en los últimos años. Al respecto, recuerdo el blog Urbanotopia, quizá uno de los mayores proyectos que se hayan hecho en nuestro medio para dar a conocer, en especial, a jóvenes poetas peruanos. Martín Zúñiga administraba ese blog y me quedó claro que su generosidad valorativa era la que conducía la existencia del mismo. Si alguien quería saber sobre la situación de la poesía peruana actual, debía sumergirse durante horas en sus entradas, y esa sola experiencia podía ser exasperante cuando se iba a la caza de la poesía.
Desde hace algunos años viene funcionando Vallejo & Company, espacio que recomiendo, en él encontramos entrevistas, reseñas, artículos, crónicas y extractos de entregas poéticas. Hablamos de una web que no tiene a la poesía peruana como fin exclusivo, cosa distinta a la La poesía embiste.
Integrado por Úrsula Alvarado, Sergio Gómez y Carlos Larrañaga, LPE ha venido trabajando en silencio, construyendo una bandeja de videos en los que el poeta invitado cumple su principal función, ajeno a los atarantamientos del saludo: leer sus poemas. En esta bandeja, hallamos voces consagradas, voces con proyección y algunos accidentes. Al menos en esta etapa, el colectivo lleva a buen puerto su propósito: forjar un documento poético, cuya referencialidad será mayor en el futuro. Esta construcción de la historia parte de un filtro, que no garantiza perdurabilidad, pero sí un divorcio del buenagentismo. 
Indiquemos también el principal rasgo del colectivo: la existencia de LPE obedece a la difusión de la poesía peruana mediante la autogestión. Decir esto es mucho, porque mediante la promoción de la poesía, más de un organizador acaba contrabandeando su propia propuesta. Ya lo hemos visto en la narrativa, como ese escritor peruano radicado en Francia, conocido como el “Petiso de París”, que entrevistó en video a cuanto narrador(a) conseguía en el camino. Ni por asomo percibo ese ánimo en los responsables de LPE. Hay que hacer cosas y ellos las están haciendo.

martes, septiembre 12, 2017

revolución desde la comodidad

Anoche, las redes dieron cuenta de los movimientos de Maritza Garrido Lecca.
No voy a criticar su liberación, porque en realidad no hay nada que objetar. MGL cumplió su condena de un cuarto de siglo. Como toda persona, tiene derecho a rehacer su vida, pero tendrá que enfrentar la condena social: nunca se arrepintió, ni pidió perdón por las miles de muertes ocasionadas por Sendero Luminoso, grupo terrorista al que perteneció.
Mientras algunos atarantados de la zurda equiparan la violencia de Sendero con la que llevó a cabo las FF. AA, porque esa es la táctica de estos zánganos del pensamiento y esclavos de la pose de la superioridad moral, sugiero, en vistas de una profilaxis neuronal y moral, averiguar más qué papel desempeñaban MGL y otros al cuidado del sanguinario Abimael Guzmán.
Pasan los años y cuesta creer el olvido y la falta de crítica en la nueva generación de peruanos: no saben quién fue García, tampoco Fujimori, mucho menos quién fue Guzmán. Los más informados, aquellos con los que nos topamos en marchas y vemos participativos en las redes —opinando como buenos, seguros de sus estupideces avaladas por los likes— no son más que rebaño de una academia conformada por senderistas de cantina, mujeres y hombres que en lugar de forjar un espíritu crítico en libertad, cometen la bajeza de direccionar esa formación.
Me pregunto, ¿han leído El megajuicio de Sendero? En este libro, escrito por un hombre de esta casa sangrienta, Óscar Ramírez Durand, se detalla lo que era Guzmán: su nula consecuencia con la revolución, preso de una egolatría alimentada por las ganas de poder. Por ello, el también conocido Feliciano, advierte que Guzmán nunca salió de Lima en los años de fuego cruzado, viviendo en acomodados distritos, bebiendo y morfando, dirigiendo la “lucha” desde la comodidad de un sillón. En cambio, la soldadesca de muchachos engañados, la pasaba putas en la sierra y la selva, mal alimentados, infestados de piojos, creyendo que el líder, el Presidente Gonzalo, también se encontraba en la misma situación que ellos en otro pueblo del interior del Perú. Guzmán siempre vivió en Lima, su revolución era otra y jamás recibió las críticas de quienes estaban con él, cuidándolo y protegiéndolo, rol que cumplió MGL, para más señas. 
Libros como los de Feliciano deben ser de lectura obligada en colegios y universidades, gozar de ediciones populares, estar en todas las bibliotecas privadas y estatales del país.

domingo, septiembre 10, 2017


emotiva / inteligente

Sabía de su prestigio, pero no la había leído. Sabía, como también supongo muchos lectores, sobre sus polémicas en medios de su país. Más allá de este último detalle, no faltamos a la verdad si ubicamos a la colombiana Carolina Sanín en un lugar de privilegio de la narrativa latinoamericana contemporánea.
La edición peruana-chilena de su novela Los niños (Estruendomudo, 2017) es una buena puerta de entrada a su poética, que se manifiesta en la ironía, la crítica velada (tal y como tendría que hacerse en los cauces de la ficción) y, en especial, la peculiaridad de su imaginación para narrar. Lo último suena a verdad de Perogrullo: se deduce que toda novela es una construcción de la imaginación. Sin embargo, hagamos un hincapié en esta característica, en especial en estos tiempos dominados por las confusiones genéricas y atarantamientos discursivos. La mayoría de proyectos narrativos adquieren justificación en la fuerza natural de la verosimilitud de su argumento, a partir del cual se edifica el camino de la prosa, la opción del estilo y, claro, su relación genérica.
En su novela, Sanín nos presenta a Laura, una mujer soltera que se hace cargo de Fidel, un niño seis que en una noche aparece en la puerta de su departamento. Laura tendrá que hacerse cargo del niño, averiguar quiénes son sus padres, del mismo modo criarlo. En principio, la historia exige un proceso ortodoxo de narración, pero la autora enfoca su proyecto de manera diferente, elevando la novela hacia una experiencia emotiva e intelectiva en el imaginario del lector de ocasión. 
LN honra la naturaleza de la brevedad. Estructuralmente es perfecta, sin embargo, su logro descansa en el tratamiento que nos hace partícipes del tono de la oralidad del relato infantil, que le permite generar en lo que cuenta una indesmayable sensación de asombro. ¿Qué se está leyendo? ¿Acaso un largo cuento de terror psicológico? ¿Seguramente un crítica simbólica contra la burocracia? ¿Una radiografía de la infancia abandonada? ¿Una metáfora de la soledad? Estas son algunas preguntas que nos va dejando la lectura, y en verdad poco o nada importan, porque esas inquietudes quedan de lado a cuenta de la ironía, humor y sabiduría que transmite el estilo que guía la ya señalada peculiaridad imaginativa para narrar de la autora. Llegamos a un punto en que la verosimilitud ya no interesa. Sanín consigue que nos identifiquemos con los cruces emocionales (tiernos y airados) que configuran la fisonomía moral de Laura y Fidel. Esto es literatura.

viernes, septiembre 08, 2017

pelícano

El martes, pocas horas después del partido de fútbol entre las selecciones de Ecuador y Perú, me enteré por las redes sociales de la muerte de Javier, “El pelícano”, como se le conocía, aunque muchos otros se referían a él como “El jipi”.
Algunas veces me he referido a él en este blog, siempre como uno de los mayores conocedores de música que haya podido conocer, en especial de rock.
Javier no solo era enciclopedia musical, también testimonio e historia. Fue protagonista de los procesos sociales ochenteros y noventeros, teniendo como base de operaciones el Centro Histórico. Por eso, una vez pasada aquella etapa inevitable, nadie podía venirle con versos sobre lo que en realidad había sido la movida subte y la tardía efervescencia punk. Mientras muchos estaban de ida, “El pelícano” estaba de regreso y sin ganas de pedir paternidad alguna, por la sencilla razón de que no le interesaban esas huevadas.
Lo conocí a fines de los noventa, en el entonces recién inaugurado Boulevard Quilca. Su stand era el número 13 y desde allí continuó la labor comenzada años antes en La Colmena. Su vida era la música y vivía recomendándola. En el acto de recomendar quedaba expresada su generosidad. Por ejemplo, no solo te hablaba de la música de Lou Reed, sino también te explicada por qué durante una época el músico usaba vestimenta de color negro. Había en “El pelícano” una filosofía musical y cada sol que ganó, sea poco o mucho, estaba más que justificado en su conocimiento.
A diferencia de los mercachifles de la música, Javier se distinguía de lejos. Javier no tenía clientes, sino amigos, conocidos y silenciosos discípulos. Y supe también, gracias a lo que amigos y conocidos me decían de él, que tenía las palabras precisas de ánimo y crítica para todo aquel que las necesitara.
¿Romántico? Por supuesto. “El pelícano” era un idealista de la vida, aunque seamos precisos: era un amante de la conversa. La última vez que lo vi, hace dos años, me dijo que estaba muy mal de salud. Estaba de paso por Quilca, conversamos buen rato y lo embarqué en su paradero, en Alfonso Ugarte. Los años no habían pasado en vano y mientras caminábamos, me resultó imposible no recordar esos años de fines de los noventa, convulsos e impregnados de una sensación de incertidumbre ante lo que podría venir con un tercer gobierno de Fujimori. No fui el único que iba a buscarlo, así sea antes o después de las protestas, no necesariamente para comprarle música. 
Gente como Javier justificaba la visita a las calles del Centro Histórico. Hizo lo que pocos: dejar un buen recuerdo en quienes lo conocieron.

jueves, septiembre 07, 2017

sendero discursivo encontrado

Semanas atrás leí Mínima señal (FCE, 2017), de la escritora peruana Irma del Águila. Pero antes de comentar esta publicación, debo decir que la obra anterior de la autora poco o nada me ha gustado, en el sentido (siempre diferenciando) de que si una poética no te gusta, esta no tiene que ser deficiente. Si algo ha demostrado Del Águila en sus títulos es pericia narrativa, cualidad que nos brinda las suficientes luces de la seriedad con la que asume su vocación literaria.
El título que nos convoca en esta ocasión se erige como un triunfo de la configuración de la prosa, pero nos referimos a una aséptica, en apariencia inofensiva, que nos recuerda a la sentencia que muchos siguen y que pocos anclan en buen puerto: la compleja sencillez.
Del Águila ha llevado esta sentencia a los extremos, nunca vistos en su obra, y saludamos que haya sido así, porque en los relatos que conforman el conjunto, esta prosa disfrazada de inocencia le ha permitido reforzar la configuración de sus personajes, que revelan una oscuridad anímica con la que alcanzan momentos de revelación ante la situación límite, pensemos en “Piscina”, “Pared medianera” y “Tu voz existe”, los más logrados del conjunto. Esto no quiere decir que los demás no lo sean, por el contrario, si tuviéramos que someterlos a los rigores de la relojería de las distancias cortas, todos los textos muestran una perfección estructural.   
Sensaciones de incomodidad. Cada relato podría ser asumido como un navajazo en la garganta, en distintas dimensiones, se entiende. Esta conexión que establece Del Águila con el lector no obedece a los temas abordados, sino a la señalada (fría) simpleza de su prosa, ajena a florituras. Del Águila en MS encuentra el camino a seguir en sus próximas publicaciones, aunque también deberíamos advertirle, tras destacar su logro ahora visto, que privilegie su mirada de escritora y no caiga en el silente espíritu de la metáfora de la denuncia, no solo presente en varios de estos relatos, también en sus libros precedentes. Solo de esta manera, veremos en toda su magnitud lo que nos puede entregar como creadora que ya encontró su sendero discursivo. Mientras esperamos, a seguir apreciando MS.

miércoles, septiembre 06, 2017

"ddm"

Un artículo del crítico de cine Javier Porta Fouz, llamó, en todo sentido, mi atención. En su texto, el argentino pasa revista a una película a reestrenarse en salas, Duro de matar (1988) de John Mc Tiernan, película que por esas cosas de la vida nunca dejo de ver.
Sucede que DDM es una de mis películas preferidas. Los años pasan y la sigo viendo, casi siempre bajo el inicial fin que inspira: el mero divertimento. Muchas veces la he dejado correr a bajo volumen, mientras leo o escribo a mano, o durante actividades que no vendría bien detallar ahora.
Obviamente, mi apreciación descansa en la sinuosa dimensión de la impresión, mas como señala Porta Fouz: para ser de entretenimiento, DDM exhibe una coherencia narrativa, un silente crisol cultural pop y un alcance épico de su protagonista, que lejos de la indumentaria del héroe y la estética del malvado, se impone a sus enemigos descalzo, sucio y ensangrentado.
Más allá de la gesta de John McClane (Bruce Willis) y la simbología de la película, no renuncio a mi fijación con la tensión existente entre McClane y su esposa Holly Gennaro (Bonnie Bedelia). Entre ellos existe un quiebre emocional, algo no anda bien en el matrimonio, y ello, a mi entender, no se debe a las diferencias económicas entre ellos (se deduce que Holly gana más dinero que su esposo policía), sino a una debilidad relacionada a la falta de confianza en la mutua fidelidad. Al respecto, podríamos tener más luces en las secuencias iniciales, cuando McClane llega al aeropuerto de Los Ángeles.  Quizá tendré un panorama más claro sobre esta tensión cuando lea la novela que inspira la película, Nothing lasts forever de Roderick Thorp. 
Volviendo a la película como tal, su vigencia obedece a que esta es ajena al efectismo de la pirotecnia, cosa por demás meritoria cuando hablamos de una película de acción. Su ritmo ralentizado le permite al espectador tener una idea de la configuración de sus personajes, tanto de McClane y Holly, del mismo modo del villano Hans Gruber (Alan Rickman) y el sargento Al Powell (Reginald VelJohnson). No estamos pues ante estereotipos, cada uno de ellos es un microcosmo emocional e intelectual en conflicto. Es decir, un imaginario humano que eleva a DDM, librándola de su etiqueta, aunque es justo decir que su presencia en canales de cable y parrillas de cine, se deba a la misma.