martes, octubre 20, 2015

saber mirar, saber escuchar

Lo que ha conseguido Juan Manuel Robles con su novela Nuevos juguetes de la Guerra Fría es una proeza, un monumento a la memoria y al registro del yo, llevados a límites que sí nos permiten asegurar, ahora sin titubeo alguno, que la narrativa peruana actual se encamina hacia un buen momento, buen momento que hasta hace no mucho tenía más de demagogia que de realidad. 
Las cosas son así: las buenas etapas en narrativa se sustentan en muy buenas novelas y obras maestras. Más bien, lo interesante, lo bueno, lo destacable, funcionan para alentar a la tribuna, la que no tarda en descubrir la mentira que acompaña a tanto entusiasmo. Ahora, consignemos también que el registro del yo sustentado en la memoria viene siendo muy manoseado últimamente, en este manoseo hay mucha ignorancia porque se le promociona como si fuera algo nuevo, cuando lo cierto es que ya ha sido abordado entre nosotros, y con grandes resultados, por narradores peruanos de la talla de Bryce y Ribeyro. Entonces, no hablamos de un nuevo registro que revolucionará y marcará el curso de la narrativa peruana del nuevo siglo, sino de una tendencia que vuelve con fuerza aprovechando la caída de otros tópicos y registros que estuvieron en boga. A saber, el tópico de la violencia política. Este desgaste de la violencia política también se viene percibiendo en la narrativa de otros países de Latinoamérica, situación de la que los nuevos narradores han sabido sacar provecho. 
En el contexto peruano actual, podemos percibir un encuentro discursivo no tan silencioso entre la narrativa del yo contra el de la violencia política. Lo cierto es que si se somete a comparación, las novelas más destacadas de la violencia política marcaban una gran ventaja, venían asumiendo ese encuentro con la frialdad de un equipo de fútbol que juega una final a ritmo de entrenamiento, teniendo al frente a un equipo entusiasta que solo ofrece títulos buenos e interesantes. Ahora el asunto cambia, porque Nuevos juguetes de la Guerra Fría no solo les hace el pare a las novelas peruanas más destacadas de la violencia política, sino que también se erige como una de las más logradas de los últimos treinta años, ubicando a su autor como una voz ineludible si es que pretendemos hablar de la situación de la narrativa peruana contemporánea y también como uno de los nuevos autores latinoamericanos a los que de todas maneras tenemos que seguir la ruta. 
Sé que esta opinión no gustará a no pocos colegas de oficio. Pero esa es la verdad. Hoy por hoy, Robles es el Narrador de la narrativa peruana. No hay ni una novela de autor de su generación que se le pueda parar al frente. Es como si le dijéramos a Gabriel Batistuta que Johan Fano está haciendo goles en Colombia. Esa es la figura. Figura que los amantes de la lectura debemos celebrar porque desde hace años veníamos esperando una novela ambiciosa de un autor aparecido a partir del 2000, novela ambiciosa legitimada por la crítica y, muy en especial, por los lectores, que son a fin de cuentas los jueces a los que debemos hacer caso. 
Robles nos presenta a Iván Morante, quien indaga en los entresijos de su infancia desde Nueva York, adonde ha ido a formarse como escritor. En este ejercicio de viaje íntimo, Robles no hace de su álter ego un sujeto hacedor de meros recuentos memoriosos, sino que es una máquina de especulación reforzada por la memoria salvaje y detallista de su hermana Rebeca. En esa especulación reside la fuerza de la novela, en ese titubeo por el que Robles abre la novela como un abanico, convirtiendo el proyecto no solo en uno que ingresa en los afluentes de la infancia, sino en uno que escarba en la relación entre Morante con su familia, en uno que nos presenta la trastienda de un contexto político internacional que comparte más de un lazo en común con el contexto del que procede, como también en uno que indaga en su decepción con los discursos políticos e ideológicos de izquierda. 
Nos enfrentamos a una novela total que, pese a su complejidad, se deja leer. En este sentido, resaltemos el oficio del autor, o mejor dicho su estilo, porque en la aparente ligereza del mismo, encontramos un poder que nos permite recordar muchos pasajes de la novela. No es, bajo ningún aspecto, poca cosa. Se trata de una virtud que vemos contadas veces hasta en la novelística contemporánea. No hay que pensarlo mucho, esta cualidad de Robles proviene de las parcelas de la crónica, en la que también es una voz más que destacada. Es quizá esa distancia del purismo narrativo la que pudo liberarlo de las angustias que carcomen a muchos narradores al momento de escoger un registro. Esta novela es una radiografía de los elementos que sustentan la poética de Robles: saber mirar, saber escuchar. Es decir, narrar. Solo eso, narrar. 

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Publicado en BS 17

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