domingo, marzo 19, 2017

cuando quejarse es la estrategia

Felizmente Lima no es el Perú. Este país es mucho más grande que el capricho de los limeños, que ayer vivimos tal cual la escena del agua de Mad Max: Fury Road. Aunque en lo personal no me gusta aferrarme a la memoria personal, pero lo acabado de vivir a más de uno nos regresó a los años de cortes de los servicios básicos, muchas veces ocasionados por las detonaciones de torres de alta tensión. En esos años ochenteros, y algunos de inicios de los noventa, los cortes de servicios de agua y luz sucedían a la par. O sea, cuando en un atentado terrorista se derrumbaba una torre, no solo nos quedábamos sin luz, sino también sin agua. Estábamos fregados.
Algo parecido se vivió ayer sábado. Casi toda Lima se quedó sin agua y no faltaba nada para que esta ciudad comenzará a despertar a la mala. El servicio de agua comenzó a llegar a las casas paulatinamente a las dos de la tarde. A mi casa a las cuatro y de inmediato me puse a trabajar en la recolección, como también a contenerme ante la usura de algunos vecinos que alquilan cuartos, a cuyos inquilinos les quisieron cobrar por el servicio de agua que por falta de presión no subía a sus pisos. No lo pensé mucho, aunque de la puteada esos usureros e insensibles no se van a salvar en estos días: encerré a Onur en mi cuarto, para que no se escapara, puesto que abrí las dos puertas de mi casa, la delantera y la que da al parque. En los caños de los lavaderos y de los baños se conectaron mangueras y en esa tarea estuve hasta las diez de la noche. Felizmente, más de un vecino consciente también ayudó a la muchísima gente que venía de otros barrios de La Victoria.
Por el momento, las quejas sirven de poco. La realidad se impone en la obviedad: los estragos de estas lluvias no podían evitarse, menos en una ciudad como Lima que ha crecido muy mal, al ritmo de la improvisación asumida como progreso. En este sentido, y así no guste, este gobierno viene respondiendo a las necesidades, no con la prontitud deseada, pero confío en que a medida que pasen los días esa prontitud en soluciones se concrete. Mientras tanto, todos, desde nuestras posiciones de influencia, tenemos que poner el hombro. Hay hermanos peruanos, como los del norte y sur, que la están pasando muchísimo peor que en Lima. 
En parte, este post obedece también a las quejas fuera de lugar que vienen esgrimiendo los hermanos Fujimori y la ex candidata presidencial Verónika Mendoza. Para nadie es un secreto que los hermanos naranjas y Mendoza están aprovechando este contexto para sacar réditos políticos. Los primeros, en algo que no me sorprende de estos ociosos que jamás han trabajado, criticando la falta de celeridad del gobierno, sin tener en cuenta que en los dos gobiernos de su padre, ante desastres naturales similares pero de menor intensidad que el de ahora, no solo reaccionaban tarde, sino que también se robaban las donaciones (hagamos memoria de la denuncia que al respecto hizo Susana Higuchi, ex esposa de Fujimori y madre de este par de tarados que creen que hacen mucho ensuciándose en el lodo para el momento Kodak). Y la segunda, que en lugar de liderar la formación de una gran brigada voluntaria de ayuda, desliza la idea de que estos desastres pudieron afrontarse si en el país no existiera el modelo económico imperante. Tamaña estupidez refleja su cada vez menos oculta ansia política. En lo personal, no me esperaba esta reacción de Mendoza. De una mujer inteligente como ella espero soluciones, alternativas, sobre todo en tiempos de crisis, no cachina discursiva que una vez más enloda lo que no debe: los principios de izquierda que dice honrar, como la preocupación por el otro caído en desgracia.

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